Divinas Tentaciones

Entre el fuego y la desconfianza (3era.Parte)

Entre el fuego y la desconfianza (3era.Parte)

El mismo día

Kazanlak

Arianna

Sabía que no podía confiar en las palabras de Lucca. Estaba dolido, furioso y quizá hasta celoso de Dominic. En su mente torcida debió creer que aún podía volver a mi vida y que todo seguiría como antes. Y aun así… había algo en la oscuridad de sus ojos que no lograba definir. Esa era mi verdadera inquietud. Lucca se movía con demasiada facilidad entre los líderes de la mafia, mucho más hundido en ese mundo que yo misma.

Pero no iba a darle el gusto de verme dudar. Era hora de poner límites. Enderecé los hombros y dejé que mi voz cortara el aire entre nosotros.

—No me duele ninguna palabra que salga de tu boca, Lucca. Sé perfectamente quién es Dominic Todorov, así que ahórrate tu falsa preocupación.

Él sonrió de lado, una mueca cargada de veneno.

—Te vas a arrepentir, Arianna —escupió—. Vas a terminar siendo la puta de turno de Dominic.

El sonido seco de la bofetada resonó antes de que pudiera pensarlo. Mi mano ardía, pero no aparté la mirada.

—Imbécil —le advertí con la voz baja y peligrosa—. A mí me respetas.

Se llevó la mano al rostro, los ojos encendidos.

—Cuando ese animal se canse de ti —gruñó— quiero ver qué haces. Tal vez ahí sí quieras volver conmigo.

Mi respiración se volvió irregular. Di un paso hacia él, sin miedo.

—¡Hijo de puta! —le espeté—. Apareces y Russell muere. Da gracias a que no tengo una maldita prueba contra ti, porque si la tuviera… ya estarías muerto.

Se rio, sin humor.

—Tal vez fue el animal de tu novio —soltó—. Abre los ojos y fíjate con quién te acuestas.

La rabia me quemó por dentro.

—¡Lárgate de mi club! —grité señalando la puerta—. Y no vuelvas.

Lo vi marcharse con la espalda tensa, la furia latiéndole en cada paso. Entonces apareció Petar, detenido a un par de metros, con esa expresión de preocupación que conocía demasiado bien.

—Arianna… —dijo con cautela—. Después de lo que hiciste, ese imbécil no se va a quedar tranquilo. Lo sabes.

—No me asusta Lucca —respondí sin mirarlo—. Ni él ni ningún matón.

Petar frunció el ceño.

—Entonces, ¿qué es lo que te preocupa?

Guardé silencio unos segundos antes de admitirlo.

—No conocer quién es realmente Dominic Todorov —confesé al fin—. No hablo del mafioso… hablo del hombre. No quiero sentir que camino sobre fuego. No quiero romperme otra vez.

Petar suspiró, serio.

—Mi opinión —dijo— es que es leal, protector… y tú le importas más de lo que quiere admitir. Eso debería bastarte.

Luego añadió, mirándome directo:

—O habla con tu novio. Él es el único que puede despejar tus dudas.

Quizás era la salida correcta, pero Dominic era como un caracol hermético: le costaba abrirse. Ya había sido un reto tener una velada diferente, mucho más de lo que imaginé. Y no comenzó con velas ni música de fondo; empezó de otra forma, o más bien, a nuestro estilo.

Lo que inició de manera peculiar, viéndolo preparar la cena, derivó en besos ardientes, húmedos, descontrolados; manos inquietas, caricias prohibidas, piel con piel. Fue entrega, deseo, pasión… y algo más que no necesitaba etiqueta. Solo vivirlo, sin reglas.

Y ahí estaba yo, en la cama, recuperando el aliento sobre su pecho. Él aún tenía la mirada encendida, los brazos rodeándome con una posesión silenciosa. Sus labios me robaron un beso fugaz y luego su voz llenó el ambiente, más baja, casi vulnerable.

—Hace mucho que no cocinaba, pero hoy quise hacerlo… lo disfruto.

Levanté un poco el rostro para mirarlo.

—¿Por qué dejaste de hacerlo?

Su cuerpo se tensó apenas.

—Porque ya no estaba ella… —tragó saliva—. No tenía sentido. A Natasha le encantaba verme como alguien normal.

Mi respiración se volvió más lenta.

—¿Natasha? ¿Así se llamaba la mujer del retrato en el refugio?

Asintió, sin mirarme.

—Sí. Era mi esposa… —su voz se endureció—. La asesinaron. Y no pude hacer nada para protegerla.

Ahí estaba la respuesta. Pensé que esa pérdida explicaba su forma excesiva de proteger lo que consideraba suyo. No quería volver a sufrir otra vez.

—Lo entiendo —murmuré—. Debió ser un golpe muy fuerte.

Guardó silencio unos segundos y luego giró el rostro hacia mí.

—¿Y cuál es tu historia? —preguntó con curiosidad genuina.

Suspiré.

—Era joven, inexperta, cuando conocí a Lucca. No fue amor, fue compañía. Y cuando quise verlo con claridad, el desgraciado me traicionaba con la policía. Se vendía al mejor postor… como Viktor Dragomir. Y eso fue peor que una infidelidad.

Sus dedos se cerraron un poco sobre mi espalda.

—Por eso vives desconfiando de todos —dijo—. Por eso te cuesta dejar que te cuide. Pero yo no soy él, Arianna.

—Eso no es un alivio —solté sin filtros, sin mirarlo—. Eres un mafioso.

Dominic tomó mi barbilla, obligándome a alzar la cara.

—Soy un mafioso, sí —admitió—, pero no soy un monstruo. Sobrevivo en este mundo como me enseñaron, con mis reglas. Y eso incluye cuidar a los míos… a mi mujer. A ti.

Tragué saliva.

—Otra vez “mi mujer”.

—Sí —respondió sin dudar, su cuerpo aprisionando el mío—. No voy a discutir lo que somos.

Una pausa cargada de tensión.

—¿Cenamos?

No hubo más palabras. Fue una noche perdida en un viaje de placer, de derroche de caricias, de besos urgentes, de confesiones dichas a media voz y de algo más que ninguno quiso nombrar. No hacía falta. Bastaba sentirlo. Me venció el sueño enredada en su cuerpo, con su calor aún aferrado a mi piel.

Me desperté horas después con una sensación extraña, una ausencia que me apretó el pecho. Estiré la mano buscando su cuerpo… vacío. Por un segundo pensé que se había marchado.

Me incorporé despacio. A medida que caminaba, escuché su voz proveniente de la sala. Al principio no le presté atención; me dije que estaría hablando con su gente, resolviendo asuntos que nunca dormían. Pero entonces lo escuché insultar.




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