No sé por dónde comenzar.
Quizá por aquella noche
en la que descubrí
que mi sombra sabía más de mí
que todas las personas
que decían conocerme.
Estaba sentada frente a la ventana,
con el diario entre las manos
y la tinta temblando sobre el papel.
Afuera llovía.
Adentro también.
Escribí mi nombre
y me quedé mirándolo unos segundos,
como si aquellas letras
pertenecieran a alguien más.
Después escribí:
“Estoy bien”.
Mentí.
La sombra permaneció en silencio,
pero no me creyó.
Desde aquella noche
comencé a escribirle.
Le conté mis secretos,
mis recuerdos,
las palabras que nunca dije
y los nombres que todavía dolían.
Ella nunca respondió.
O eso creí.
Porque algunas noches,
cuando cierro el diario,
siento que alguien escribe conmigo.
Y quizá por eso
esta no sea solamente
la primera página de mi historia.
Quizá sea
la primera página
de la historia de mi sombra.