El diario de una sombra

Lo que mi sombra sabía de mí

Mi sombra sabía cosas
que yo había olvidado.

Sabía que debajo de mi sonrisa
había preguntas.

Que detrás de mis silencios
existían palabras.

Que algunas despedidas
todavía vivían en mi memoria.

Sabía cuántas veces
miré el teléfono
esperando un mensaje.

Cuántas veces
escribí un nombre
y después lo borré.

Sabía de las canciones
que me hacían cerrar los ojos
y viajar hacia otros días.

Sabía cuáles eran mis lugares favoritos.

Cuáles evitaba.

Qué recuerdos me hacían sonreír
y cuáles me obligaban
a mirar hacia otro lado.

Pero también sabía algo
que yo tardé mucho en descubrir:

que no estaba rota.

Solo estaba cansada.

Cansada de fingir.

De guardar.

De intentar olvidar
todo aquello que todavía
necesitaba comprender.

Mi sombra nunca quiso
que olvidara mi pasado.

Quería que aprendiera
a mirarlo sin quedarme atrapada en él.

Y entonces entendí
por qué nunca se marchó.

No estaba ahí para recordarme
quién había sido.

Estaba ahí para acompañarme
hacia quien podía llegar a ser.

Cerré el diario
y miré la pared.

Mi sombra seguía conmigo.

Pero algo había cambiado.

Ya no caminaba detrás.

Estaba a mi lado.

Y por primera vez
la luz de la luna
tocó ambas siluetas.

La mía.

Y la suya.

No parecían enemigas.

Parecían una sola historia
contada desde dos lados.

Entonces escribí
en la última página de esta parte:

Mi sombra sabía quién era.

Yo apenas estaba comenzando
a descubrirlo.

Y aquella noche
dejé la ventana abierta.

Porque quizá había llegado
el momento de dejar entrar
un poco de luz.




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