El diario de una sombra

Cartas que nunca envié

Escribí tu nombre
en más hojas de las que puedo contar.

Algunas cartas fueron largas,
otras apenas tenían unas líneas.

Todas decían lo mismo
de diferentes maneras:

“Todavía tengo cosas que decirte.”

Escribía de madrugada,
cuando nadie podía verme,
cuando la luna iluminaba el escritorio
y mi sombra se quedaba
junto a la puerta.

Te conté cosas
que nunca pude decir frente a ti.

Te conté cuánto significaron
aquellos pequeños momentos.

Las palabras que recuerdo.

Las risas.

Los silencios compartidos.

También te conté
lo que me dolió.

Lo que no entendí.

Lo que quise preguntar
y nunca pregunté.

Después doblaba las cartas
con cuidado
y las guardaba en un cajón.

Nunca las envié.

Quizá porque sabía
que algunas palabras
no necesitan llegar a su destino
para ser verdaderas.

Quizá las escribí
porque necesitaba despedirme
de una historia
que todavía vivía dentro de mí.

Con el tiempo,
el cajón se llenó.

Y una noche
decidí abrirlo.

Leí cada carta.

No sentí ganas de enviarlas.

Sentí algo diferente.

Paz.

Porque aquellas páginas
ya no hablaban solamente de ti.

Hablaban de mí.

De todo lo que sentí.

De todo lo que aprendí.

De la persona que fui
cuando todavía esperaba respuestas.

Tomé las cartas
y las guardé nuevamente.

Pero esta vez
no cerré el cajón con tristeza.

Lo cerré sabiendo
que algunas despedidas
no necesitan ser pronunciadas.

A veces basta con escribirlas.

Y dejar que la tinta
diga por nosotros
lo que el corazón
no pudo decir a tiempo.




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