Mi habitación conoce mi secreto.
Conoce las noches
en las que la luna entraba por la ventana
y yo permanecía despierta,
hablando con el techo
porque no encontraba a quién contarle mis pensamientos.
Conoce mis lágrimas
y también mis risas.
Las canciones que repetí
cuando necesitaba olvidar.
Las fotografías que escondí
en el último cajón.
Las cartas que escribí
sin saber para quién eran.
Conoce cada página de este diario,
incluso aquellas
que arranqué antes de terminar.
Aquí aprendí a guardar silencio.
Aquí descubrí que una persona
puede sentirse acompañada
y aun así sentirse sola.
Pero también aquí
mi sombra se sentaba conmigo.
Nunca decía nada.
Solo permanecía allí,
sobre la pared,
esperando pacientemente.
A veces pensaba
que me observaba.
Ahora creo
que simplemente me acompañaba.
Porque cuando cerraba la puerta
y el mundo quedaba del otro lado,
ella era lo único
que nunca se marchaba.
Mi habitación conoce mi secreto:
que no siempre fui fuerte.
Que hubo días
en los que solo pude seguir adelante
paso a paso.
Que muchas veces
no sabía qué hacer con todo lo que sentía.
Y que, aun así,
cada mañana abría la ventana.
Quizá por eso
mi habitación nunca me pareció una cárcel.
Era el lugar donde podía quitarme la máscara.
Donde podía ser yo.
Donde mi sombra
no tenía que esconderse.
Y donde este diario comenzó
a contar una historia
que algún día
quizá pueda terminar.