Durante mucho tiempo
mantuve las ventanas cerradas.
No quería que entrara el frío.
No quería que entrara la lluvia.
Pero tampoco quería
que entrara la luz.
Porque la luz tiene una manera extraña
de mostrar aquello
que intentamos esconder.
Aquella mañana
me acerqué lentamente.
Mi sombra estaba detrás de mí.
—¿La abro? —pregunté.
Ella no respondió.
Pero esta vez
no necesitaba hacerlo.
Tomé la manija
y abrí la ventana
solo un poco.
Entró el aire.
Las cortinas se movieron.
Y una pequeña línea de luz
cruzó el suelo
hasta tocar mis pies.
No fue una luz enorme.
No cambió todo de repente.
No borró mis recuerdos.
No hizo desaparecer
las cosas que todavía dolían.
Solo entró.
Y eso fue suficiente.
Me quedé allí
respirando el aire de la mañana.
Afuera,
el mundo seguía avanzando.
Personas caminaban.
Los árboles se movían.
El cielo comenzaba a aclararse.
Y por primera vez en mucho tiempo
sentí curiosidad por saber
qué había después de mi ventana.
Mi sombra se proyectó sobre el suelo.
Ya no parecía tan grande.
Quizá porque ahora
había luz suficiente
para verla completa.
Sonreí.
No porque todo estuviera bien.
Sino porque por primera vez
sentía que podía estarlo algún día.
Dejé la ventana entreabierta.
No estaba preparada
para abrirla por completo.
Y estaba bien.
A veces comenzar de nuevo
no significa abrir todas las puertas.
A veces basta
con dejar entrar
un pequeño rayo de luz.
Uno solo.
El suficiente
para recordar
que afuera todavía existe
un mundo esperando.