11:47 p. m.
La casa está en silencio.
Todos duermen,
pero mi mente parece haber olvidado
cómo hacerlo.
La luna permanece detrás de la ventana
y mi sombra descansa
sobre la pared.
Hoy no tengo ganas de fingir.
Así que abrí este diario
y dejé que la tinta hablara por mí.
Es extraño...
Cuando escribo,
las palabras parecen pesar menos.
Quizá porque por fin
alguien las escucha.
12:16 a. m.
Recordé cosas
que creía haber olvidado.
Algunos recuerdos
no desaparecen.
Solo esperan
a que llegue la noche
para volver.
Mi sombra los reconoce.
Yo intento no hacerlo.
1:03 a. m.
Me pregunté
cuándo empecé a sentirme diferente.
No encontré la respuesta.
Quizá fue poco a poco.
Quizá una despedida.
Quizá una palabra.
Quizá fueron muchas cosas pequeñas
que nunca aprendí a nombrar.
1:41 a. m.
Le pregunté a mi sombra:
—¿Algún día dejarás de seguirme?
Esta vez
sentí que tenía una respuesta.
No con palabras.
Con silencio.
Como si quisiera decirme:
“No estoy aquí para perseguirte.”
“Estoy aquí porque también soy parte de tu historia.”
2:00 a. m.
Cerré el diario.
La noche seguía siendo oscura.
Pero algo había cambiado.
Por primera vez
no sentí miedo de estar a solas
con mis pensamientos.
Apagué la luz.
La sombra desapareció de la pared.
Y antes de cerrar los ojos
escribí una última frase:
Quizá mañana tenga el valor
de abrir las páginas
que todavía me duelen.