Durante mucho tiempo
pensé que las flores
solo nacían para morir,
que después de una tormenta
no quedaba nada
que pudiera volver a crecer.
Miraba el jardín desde lejos,
sin atreverme a tocar sus pétalos,
porque algunas flores
me recordaban a quien fui
antes de aprender
a esconder mis sentimientos.
Pero una mañana
algo había cambiado.
Entre la tierra húmeda
y las hojas caídas,
vi un pequeño brote
asomándose sin miedo.
No era perfecto,
no era grande,
ni siquiera parecía fuerte.
Pero estaba allí.
Y comprendí
que quizá yo también
había estado creciendo
sin darme cuenta.
Mis recuerdos seguían conmigo,
mi sombra seguía caminando a mi lado,
pero ya no todo dolía igual.
Había días grises, sí,
pero también mañanas
que olían a esperanza.
Había lágrimas,
pero también sonrisas
que ya no necesitaban fingir.
Entonces entendí
que las flores no regresan
porque olvidaron el invierno.
Regresan
porque aprendieron
que el invierno no dura para siempre.
Y por primera vez
no tuve miedo de florecer.
Tomé mi diario,
abrí una página nueva
y escribí:
“Hoy volvieron las flores.
Y esta vez,
yo también quiero quedarme
para verlas crecer.”