Durante mucho tiempo
pensé que debía perdonarme
por todo.
Por haber confiado.
Por haber esperado.
Por haber querido demasiado.
Por las veces
que elegí quedarme
cuando debía marcharme.
Por las palabras
que no dije.
Por las que dije sin pensar.
Por haber permitido
que algunos recuerdos
ocuparan demasiado espacio
dentro de mí.
Me culpé tantas veces
que olvidé preguntarme
si realmente merecía
tanta culpa.
Una noche
abrí mi diario
y escribí una pregunta:
¿Qué le dirías
a la persona que eras
si pudiera sentarse frente a ti?
Me quedé pensando.
Y entonces imaginé
a aquella versión de mí
sentada en silencio.
No quise juzgarla.
No quise decirle
todo lo que hizo mal.
Solo quise abrazarla.
Decirle que hizo lo que pudo
con lo que sabía en ese momento.
Que no tenía todas las respuestas.
Que equivocarse
no la convertía en alguien malo.
Que confiar
no era una debilidad.
Que sentir
nunca había sido un error.
Mi sombra permanecía detrás.
Y por primera vez
no la vi como oscuridad.
La vi como testigo
de todo lo que había sobrevivido.
Entonces escribí:
Me perdono.
No porque todo haya estado bien.
No porque nada haya importado.
Sino porque ya no quiero pasar
el resto de mi vida
castigándome por mi pasado.
Me perdono por no haber sabido antes
lo que ahora sé.
Me perdono por haber tardado
en escucharme.
Me perdono por haberme olvidado
mientras intentaba cuidar
todo lo demás.
Cerré el diario.
Y sentí algo extraño.
No era felicidad.
Era algo más tranquilo.
Como respirar después
de sostener el aire
durante demasiado tiempo.
Mi sombra se quedó a mi lado.
Y esa noche comprendí:
perdonarme
no significa olvidar quién fui.
Significa dejar de castigar
a la persona que tuvo que aprender
a convertirse en quien soy.