Al principio
no sabía cómo llamarte.
Eras apenas una silueta
pegada a mis pasos,
una mancha oscura
que aparecía cuando la luz
decidía abandonarme.
Nunca preguntaste mi nombre.
Nunca necesitaste hacerlo.
Ya conocías mis noches,
mis silencios,
las lágrimas que escondía
antes de salir de casa.
Te vi crecer detrás de mí
mientras yo fingía no verte.
En los días felices
te hacías pequeña,
casi invisible.
Pero cuando llegaba la noche,
cuando el mundo se quedaba en silencio,
ocupabas todo el cuarto.
Me pregunté muchas veces
por qué seguías ahí.
Intenté caminar más rápido,
cerré los ojos,
encendí todas las luces
y hasta quise olvidarte.
Pero siempre regresabas.
Hasta que una noche
dejé de correr.
Me senté en el suelo
y te miré por primera vez.
No tenías rostro.
No tenías voz.
Solo eras una parte de mí
que había aprendido a caminar
detrás de mis pasos.
Entonces entendí:
quizá nunca necesitaste un nombre.
Quizá solo necesitabas
que alguien te reconociera.