Querida sombra:
Si estás leyendo estas últimas palabras,
significa que finalmente
llegamos hasta aquí.
Recuerdo cuando te conocí.
O quizá debería decir
cuando por primera vez
me atreví a mirarte.
Eras aquella figura oscura
que aparecía cuando apagaba la luz,
la presencia que seguía mis pasos
y que yo confundía con miedo.
Durante mucho tiempo
quise escapar de ti.
Pensaba que si corría lo suficiente,
si olvidaba lo suficiente,
si sonreía lo suficiente,
algún día dejarías de existir.
Pero nunca desapareciste.
Y ahora sé por qué.
Porque nunca fuiste algo
que estuviera fuera de mí.
Eras mis recuerdos.
Mis preguntas.
Mis días difíciles.
Las palabras que guardé.
Las versiones de mí
que creí que tenía que abandonar
para poder seguir adelante.
Tú conocías cada rincón
que yo intentaba esconder.
Sabías cuándo mi sonrisa
no era verdadera.
Sabías cuándo decía
“estoy bien”
aunque no lo estuviera.
Y aun así,
nunca te fuiste.
No para detenerme.
Sino para recordarme
que incluso las partes de mí
que no sabía cómo querer
seguían siendo mías.
Hoy ya no quiero que desaparezcas.
Porque entendí que la luz
no necesita destruir la oscuridad
para existir.
Pueden compartir el mismo lugar.
Como nosotros.
Tú y yo.
Mi sombra y yo.
He aprendido a caminar contigo
sin dejar que seas tú
quien decida el camino.
He aprendido a mirar hacia atrás
sin querer regresar.
A recordar
sin quedarme atrapada.
A querer
sin olvidarme de mí.
A cerrar puertas
sin pensar que todas
deben permanecer cerradas.
Y sobre todo,
aprendí que no tengo que ser
la persona que era ayer
para agradecerle
haber llegado hasta hoy.
Por eso,
si alguna vez vuelvo a sentir miedo,
si alguna noche vuelve la lluvia
y mi sombra vuelve a crecer
sobre las paredes,
no voy a correr.
Voy a respirar.
Voy a abrir las cortinas.
Y voy a recordar
todo lo que recorrimos.
Las primeras páginas.
Las noches.
Las fotografías.
Las cartas.
Las despedidas.
Las tormentas.
Las flores.
La luz.
Todo.
Porque cada una de esas cosas
me trajo hasta este momento.
Hasta mí.
Y ahora que cierro este diario,
no quiero escribir un final.
Quiero dejar una página en blanco.
Una página que no tenga miedo,
ni tristeza,
ni despedidas.
Una página para todo aquello
que todavía no conozco.
Quizá habrá días difíciles.
Quizá volveré a equivocarme.
Quizá alguna sombra
volverá a parecer demasiado grande.
Pero ahora sé algo
que antes no sabía:
la oscuridad puede acompañarme,
pero no tiene que definir quién soy.
Así que, querida sombra,
gracias.
Gracias por haberme acompañado
cuando todavía no sabía
cómo acompañarme a mí misma.
Gracias por mostrarme
las partes que necesitaban ser escuchadas.
Gracias por enseñarme
que incluso después de una tormenta
pueden volver las flores.
Y ahora sí…
cierro el diario.
No porque mi historia haya terminado.
Sino porque finalmente
quiero vivirla
en lugar de solamente escribirla.
La mañana está entrando
por la ventana.
La luz toca el suelo.
Mi sombra aparece junto a mis pies.
La miro.
Sonrío.
Y comienzo a caminar.
Juntas.
Hacia una historia
que todavía no tiene nombre.
Hacia páginas
que aún están en blanco.
Hacia una vida
que todavía me espera.