Hay recuerdos que pesan
aunque nadie pueda verlos.
Se esconden en los bolsillos del tiempo,
se quedan dormidos en fotografías
y despiertan
cuando menos los esperamos.
Yo tengo algunos.
Los guardé durante tanto tiempo
que olvidé cómo era vivir
sin cargarlos conmigo.
Hay días en los que parecen ligeros,
casi insignificantes.
Pero existen noches
en las que pesan tanto
que quisiera dejarlos en el suelo
y seguir caminando sin ellos.
Mi sombra los conoce.
Los lleva conmigo
desde aquella época
en la que todavía creía
que todo lo perdido
podía recuperarse.
A veces recuerdo una voz.
Una risa.
Una mirada.
Un lugar.
Y por unos segundos
vuelvo a estar allí.
Luego abro los ojos
y descubro que el tiempo pasó
sin pedir permiso.
Quizá eso es lo que más duele:
no que los recuerdos existan,
sino saber que nunca podremos regresar
a la versión de nosotros
que los vivió.
Por eso escribo.
Para sacar uno por uno
los recuerdos de mis bolsillos
y dejarlos sobre estas páginas.
Tal vez algún día
pesen menos.
Tal vez algún día
pueda recordarlos
sin sentir que vuelvo a perderlo todo.
Y mientras escribo,
mi sombra permanece a mi lado.
Ya no intento preguntarle
por qué guarda mis recuerdos.
Creo que finalmente entiendo:
ella no los guarda para hacerme daño.
Los guarda
porque incluso las cosas que duelen
también forman parte
de quien aprendí a ser.