El diario de una sombra

Ya no huyo de mi reflejo

Durante mucho tiempo
evité los espejos.

No porque no quisiera verme,
sino porque cada reflejo
me recordaba a alguien
que todavía no sabía perdonar.

Buscaba defectos
en lugar de recuerdos.

Preguntas
en lugar de respuestas.

Culpas
en lugar de comprenderme.

Me miraba
y solo veía todo aquello
que alguna vez hice mal.

Hasta que una mañana
me quedé frente al espejo
sin apartar la mirada.

No llevaba maquillaje.

No llevaba una sonrisa preparada.

No llevaba ninguna máscara.

Solo estaba yo.

Y detrás de mí,
mi sombra.

La observé.

Después volví a mirar
mi propio reflejo.

Había cambiado.

Mis ojos parecían distintos.

Quizá porque ahora
sabían mirar sin esconderse.

—Ya no voy a huir de ti —susurré.

No sabía si se lo decía
a mi reflejo
o a mi sombra.

Tal vez a ambas.

Recordé todas las versiones de mí
que había intentado olvidar.

La que tuvo miedo.

La que lloró.

La que se equivocó.

La que amó.

La que perdió.

La que siguió adelante
aunque no sabía cómo.

Todas seguían ahí.

Y por primera vez
no quise expulsar a ninguna.

Apoyé una mano sobre el espejo.

Mi reflejo hizo lo mismo.

Dos manos separadas
por una superficie transparente.

Y pensé:

quizá crecer
no consiste en convertirnos
en alguien completamente diferente.

Quizá consiste
en aprender a mirar
a quien fuimos
sin sentir vergüenza.

Sonreí.

No para esconder nada.

No para convencer a nadie.

Sonreí porque finalmente
podía reconocerme.

Mi sombra seguía conmigo.

Pero ya no estaba detrás.

Estaba a mi lado.

Y cuando salí de la habitación
dejé el espejo atrás.

No porque quisiera escapar.

Sino porque ya no necesitaba
comprobar quién era.

Por primera vez
lo sabía.

Era yo.

Con mis recuerdos.

Con mis errores.

Con mis sueños.

Con mis sombras.

Y también
con mi luz.




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