Esta mañana
me encontré con mis propios ojos
frente al espejo.
Parecía la misma de siempre,
pero había algo diferente
en aquella mirada.
Mis labios sonreían,
mi cabello estaba en su lugar,
mi rostro parecía tranquilo.
Solo mis ojos
sabían la verdad.
Detrás de mí
estaba ella.
Mi sombra.
Quietamente apoyada
contra la pared,
observándome como si esperara
que por fin dejara de mentir.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté.
El espejo no respondió.
La habitación tampoco.
Pero mi sombra se acercó un poco más.
Entonces comprendí
que quizá no estaba huyendo de ella.
Estaba huyendo de mí.
De todo aquello que sentía,
de las palabras que guardaba,
de los recuerdos que escondía
debajo de una sonrisa.
Toqué el espejo
como si pudiera atravesarlo
y encontrar detrás
a la persona que había sido.
Pero solo encontré
mi propio reflejo.
Y por primera vez
no aparté la mirada.
Me quedé allí,
frente a mí misma,
hasta comprender que algunas sombras
no aparecen para asustarnos.
Aparecen
para mostrarnos
lo que llevamos demasiado tiempo
sin querer mirar.