El diario de una sombra

La sombra también cambia

Siempre pensé
que las sombras eran eternas.

Que nacían con nosotros
y permanecían iguales
hasta el final.

Pero estaba equivocada.

Hoy miré al suelo
y descubrí algo extraño:

mi sombra había cambiado.

Ya no parecía enorme.

Ya no ocupaba
toda la habitación.

La luz de la mañana
la hacía pequeña.

Y por primera vez
no sentí miedo de verla.

Recordé cuánto había luchado
para hacerla desaparecer.

Cuántas veces cerré las cortinas
pensando que así dejaría de existir.

Ahora entendía:

una sombra no desaparece
cuando llega la luz.

Simplemente cambia
la manera en que la vemos.

Quizá conmigo
había ocurrido lo mismo.

Mis recuerdos seguían allí.

Las historias seguían allí.

Las personas que alguna vez amé
seguían formando parte
de mi pasado.

Pero ya no tenían
el mismo poder sobre mí.

Mi sombra se había acostumbrado
a caminar conmigo.

Y yo había aprendido
a caminar con ella.

Ya no le preguntaba
por qué estaba allí.

Ya no intentaba esconderla.

Solo seguíamos avanzando.

Abrí las cortinas por completo.

La habitación se llenó de claridad.

Mi sombra apareció nuevamente
sobre el suelo.

Esta vez caminó delante de mí
durante unos segundos.

Luego quedó a mi lado.

Sonreí.

Quizá eso era crecer:

no dejar de tener sombras,
sino aprender
que incluso ellas cambian
cuando nosotros cambiamos.

Tomé mi diario
y escribí una última frase
antes de comenzar una nueva parte:

“Ya no quiero que mi sombra desaparezca.”

“Quiero aprender
a caminar hacia la luz
sin dejarla atrás.”

Cerré el diario.

Afuera comenzaba la mañana.

Y por primera vez
sentí que no estaba huyendo
de la oscuridad.

Estaba caminando
hacia algo nuevo.




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