Aquella noche
volví a preguntarle:
—¿Quién eres?
Esta vez
no hubo silencio.
Mi sombra respondió.
No con una voz
que pudiera escuchar,
sino con recuerdos
que comenzaron a aparecer
uno tras otro.
“Soy la niña que aprendió a callar.”
“Soy la que sonreía
cuando quería decir que algo dolía.”
“Soy las palabras
que escribiste y nunca dijiste.”
“Soy las despedidas
que fingiste haber superado.”
Cerré los ojos.
No quería escuchar más.
Pero ella continuó.
“También soy tus sueños.”
“Las veces que volviste a intentarlo.”
“Las pequeñas esperanzas
que escondiste cuando pensabas
que ya no quedaba ninguna.”
Abrí los ojos.
La sombra seguía frente a mí.
Por primera vez
no parecía oscura.
Parecía humana.
Como si dentro de aquella silueta
existieran todas las versiones de mí
que alguna vez había olvidado.
—Entonces... ¿eres yo?
La sombra guardó silencio.
Y comprendí la respuesta.
Sí.
Eras yo.
La parte que escondí.
La parte que negué.
La parte que culpé
por sentir demasiado.
Pero también eras
la parte que siguió caminando
cuando yo quería detenerme.
La parte que guardó mis recuerdos
para que no tuviera que olvidarlos.
La parte que permaneció
cuando todos los demás se fueron.
Me acerqué a la pared
y puse mi mano sobre ella.
La sombra hizo lo mismo.
Dos manos.
Una real.
Otra hecha de oscuridad.
Y por primera vez
no intenté separarlas.
—Gracias —susurré.
La sombra no respondió.
No hacía falta.
Porque algunas respuestas
no necesitan palabras.
Solo necesitan
que finalmente
nos atrevamos a escucharlas.