El diario de una sombra

Por qué nunca te vas?

—¿Por qué nunca te vas?

Te lo pregunté una noche
mientras la lluvia golpeaba
la ventana.

Estabas allí,
como siempre.

Quietamente detrás de mí.

No dijiste nada.

—Te he pedido que desaparezcas —insistí—.
He cambiado de camino,
he cerrado puertas,
he intentado olvidar.

Pero sigues aquí.

La sombra permaneció inmóvil.

Entonces comprendí
que quizá no esperaba
que la escuchara con los oídos.

Esperaba que la escuchara
con todo aquello
que llevaba años intentando callar.

Miré mis manos.

Recordé las veces
que quise escapar de mis recuerdos.

Las veces que intenté
convertirme en alguien diferente
para no sentir aquello que sentía.

Y entonces llegó la respuesta:

“Porque no soy aquello de lo que huyes.”

“Soy todo lo que dejaste atrás.”

Me quedé en silencio.

“Soy tus recuerdos.”

“Tus preguntas.”

“Tus días difíciles.”

“Pero también soy la prueba
de que llegaste hasta aquí.”

Sentí que algo dentro de mí
dejaba de luchar.

Durante tanto tiempo
había pensado que para estar en paz
tenía que perder mi sombra.

Ahora entendía
que la paz no siempre consiste
en hacer desaparecer la oscuridad.

A veces consiste
en aprender a caminar con ella.

La lluvia seguía cayendo.

La habitación seguía oscura.

Pero ya no me sentía sola.

—Entonces quédate —susurré.

Mi sombra permaneció junto a mí.

Y aquella noche
dejé de preguntarle
por qué nunca se iba.

Porque finalmente comprendí
que algunas partes de nosotros
no vienen para marcharse.

Vienen para enseñarnos
a conocernos.




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