Hubo un tiempo
en que apagaba las luces
para no verme,
cerraba las cortinas
y dejaba que la noche
hablara por mí.
Pensaba que mis sombras
eran señales de todo
lo que debía olvidar.
Pero hoy las miro
sin bajar la mirada.
Siguen ahí,
dibujadas sobre las paredes,
siguiendo mis pasos
cuando camino bajo el sol.
Y ya no me asustan.
Porque aprendí
que una sombra no existe
sin alguien que tenga luz.
Mis recuerdos siguen conmigo,
algunos pesan menos,
otros todavía duelen un poco,
pero ya no deciden
hacia dónde voy.
Ya no necesito esconder
las partes de mí
que alguna vez quise cambiar.
Soy la niña que tuvo miedo,
la que lloró en silencio,
la que esperó respuestas,
la que se perdió algunas veces.
También soy
la que aprendió a levantarse,
la que volvió a sonreír,
la que dejó entrar la luz
por una ventana entreabierta.
Ahora camino
y mi sombra camina conmigo.
No detrás de mí,
no persiguiéndome,
sino a mi lado.
Y si alguna noche
vuelve la oscuridad,
no correré para esconderme.
Encenderé una pequeña luz
y recordaré quién soy.
Porque ya entendí
que sanar no significa
dejar de tener sombras.
Significa aprender
a caminar con ellas
sin dejar que apaguen
la luz que llevo dentro.