Pensé que algún día
la luz llegaría
y borraría todo.
Los nombres,
las fotografías,
las palabras,
las despedidas
y aquellas noches
que todavía vivían
en algún rincón de mi memoria.
Pero no ocurrió.
La luz no borró mis recuerdos.
Los dejó donde estaban,
solo que ahora
podía mirarlos
sin sentir que me llevaban
de nuevo al pasado.
Comprendí que recordar
no significa regresar.
Que una fotografía
puede permanecer en un cajón
sin obligarme a vivir
dentro de ella.
Que una canción
puede traer una historia
sin escribir el final
de mi presente.
Que algunas personas
pueden formar parte
de nuestras páginas
sin tener que aparecer
en los capítulos que siguen.
Mi sombra también lo sabía.
Por eso dejó de caminar
delante de mí
y comenzó a caminar a mi lado.
No quería que olvidara.
Quería que recordara
sin perderme.
Entonces abrí mi diario
y releí las primeras páginas.
Encontré a aquella niña
que escribía con miedo,
que escondía sus lágrimas
entre palabras,
que pensaba que nunca
volvería a sentirse completa.
La miré con ternura.
No quise cambiar su historia.
Solo quise decirle:
“Lo lograste.
No olvidaste lo que pasó,
pero aprendiste
a seguir escribiendo.”
Y aquella noche entendí
que sanar no era borrar.
Era mirar atrás
y descubrir que el pasado
ya no tenía que ser
mi hogar.
La luz no borró mis recuerdos.
Simplemente me enseñó
que también podía vivir
más allá de ellos.