Encontré una fotografía
dentro de un cajón.
Estaba cubierta de polvo,
como si el tiempo hubiera intentado
esconderla por mí.
La sostuve entre mis manos
y durante unos segundos
no me atreví a darle la vuelta.
Sabía lo que encontraría.
Una sonrisa.
Dos personas.
Un momento
que alguna vez creí
que sería eterno.
Finalmente la miré.
Y ahí estaba yo.
Sonriendo de una manera
que ya no recordaba.
Me quedé observándome
durante mucho tiempo.
No miraba la fotografía.
Me miraba a mí.
A aquella persona
que todavía confiaba,
que todavía esperaba,
que todavía pensaba
que algunas promesas
no se rompían.
Mi sombra apareció detrás de mí.
La fotografía tembló un poco
entre mis dedos.
—¿La recuerdas? —preguntó el silencio.
No respondí.
Porque sí.
La recordaba demasiado bien.
Recordaba la felicidad
que existía en aquel instante.
Y también recordaba
todo lo que vino después.
Por eso había escondido aquella fotografía.
No porque quisiera olvidar
a quienes aparecían en ella.
Sino porque no sabía cómo mirar
a la persona que fui
sin preguntarme
en qué momento cambió todo.
Pasé los dedos sobre la imagen
y sonreí.
Esta vez sin tristeza.
Porque entendí que aquella versión de mí
no merecía ser olvidada.
Había sido feliz.
Había amado.
Había confiado.
Y aunque la historia terminó,
ese momento había sido real.
Guardé nuevamente la fotografía.
Pero esta vez
no la escondí en el fondo del cajón.
La dejé sobre la mesa.
Quizá algunas fotografías
no existen para hacernos regresar.
Quizá existen
para recordarnos
que alguna vez fuimos felices
y que todavía podemos volver a serlo.