El Permiso De Una Madre

Capítulo 9: Mati

La primera semana tuvo momentos clave; los primeros días me sentía incluso con energía, creí que el medicamento realmente podía ser mágico. Pero ese efecto duró unos cuantos días.

Los siguientes, junto con la segunda semana, vinieron realmente con la fiesta dentro de mi cuerpo: náuseas terribles acompañadas de arcadas dolorosas. Levantar un alfiler podía sentirse como cargar una bolsa llena de rocas ásperas y puntiagudas que lastimaban con el más mínimo roce.

Durante esos días oscuros, Mati estuvo muy angustiado, preguntando cada cinco minutos si mamá ya se estaba poniendo mejor. Escuchaba que daba pasitos silenciosos cuando levantarme de la cama parecía la guerra del siglo; él se alejaba con el mismo cuidado con el que llegaba. De inmediato aceptó dormir lejos de mí; le escuché decirle a mamá que no quería lastimarme por las noches porque él iba a querer abrazarme.

En esta tercera semana, al recuperar un poco de actividad normal, decidí que era el momento de pasar tiempo con él.

Pero cuando me estaba bañando comenzó por fin. Una gran bola de cabello apareció entre mis dedos al lavarme. El horror me invadió ahí mismo y lloré, lloré y lloré. Me quedé sentada un largo rato en el retrete, con una toalla envuelta y los cabellos entre mis dedos. No quería deshacerme de ellos. Sentía un profundo dolor, solo me quedó pedirle a Lucas que sacara todos los espejos de la habitación antes de que yo saliera de la bañera. Él lo hizo sin preguntar. La pesadilla seguía también hoy.

Así que hoy daría otro paso valiente antes de que algo peor sucediera mañana. Pedí a todos en casa que nos dejaran espacio a Mati y a mí.

Nos sentamos en la alfombra y, antes de jugar con los bloques, lo miré para decirle que hay algo importante de lo que quiero hablarle. Él me mira con ojos atentos, sonríe y me pregunta si ya no me siento tan enferma; así que aprovecho para decirle que de eso es justo de lo que quiero hablar. Entonces él se apresura a decirme, como si temiera no tener otra oportunidad para soltar lo que sabía:

—Escuché a mis abuelos decir que tienes cáncer. Dijeron eso, mamá.

Esa declaración me tomó por sorpresa. No lo esperaba tan pronto y rompe con el guión que ya tenía preparado; entonces el terreno se vuelve difícil de caminar de la forma en que yo esperaba.

—¿Tú sabes qué es el cáncer? —respondo con un hilo de voz.

—Significa que no era un dolor de panza como dijiste —sus ojitos curiosos me miran. Luego, cuando mi mano llega a la suya, me dice—: Duele, mamá. ¿Te duele mucho?

Y sucede, sin oportunidad ni tregua: dos lágrimas rebeldes resbalan en un instante. Él no deja de observarme con la mirada más comprensiva que he recibido en mucho tiempo desde que todo este terror comenzó. En este preciso momento pienso por qué no vine a él cuanto antes. Suspiro un poco mientras limpio las lágrimas y, en un tono bajo, le admito:

—Sí, ha dolido mucho.

—¿Te puedo abrazar, mamá? ¿No te va a doler si te abrazo despacio? —me pregunta inocente.

Alguien le dijo que eso me estaba pasando cuando de mis manos resbalaron tazas con té y agua días atrás. Nos abrazamos despacio, un roce nuevo y distinto que carga con todo el amor de siempre.

Entonces no puedo resistirlo; antes de pensarlo bien, sale de mi boca:

—Mati, no te tienes que preocupar, ¿está bien? —lo miro a los ojos, convencida—. Mamá va a luchar y todo estará bien. Yo me voy a poner bien.

Él me regresa una sonrisa cálida; sus ojos viajan a los juegos en la alfombra y, sin una palabra más, nos disponemos a jugar.




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