El Permiso De Una Madre

Extra 1: Como un suspiro

Creía con mucha convicción que lo tenía todo cubierto; entre despedidas y lágrimas, me permití tomar una vez más el control para brindar consuelo. Pero comprendo que nunca es suficiente ni se estará preparado, aun cuando lo intentemos. Por eso, ofrezco la sinceridad que he reunido con el pasar de mi vida.

Comienzo con el gastado diario que abandoné hace tiempo, con más bloqueos que razones, porque ser honesta no fluye tan elocuente como me gustaría. Ahí dejo mi marca: una fecha con pequeños adornos que parecen plasmar algo importante. ¿Qué puedo decir?

«He decidido saltarme la parte de los deseos y esperanzas para cada uno de ustedes, porque entiendo que lo están haciendo lo mejor que pueden. Tampoco es que quiera darme un alto crédito al dolor, pero a sabiendas de todo lo que hemos pasado, quiero obviar que la pena está ahí.

Lo difícil no comienza cuando mueres. Creemos que sí, pero sorprendentemente no. Entre trámites, sacudir la noticia, llamadas, mensajes y visitas, el tiempo transcurre. Cuando apenas lo notas, ya estás en la sepultura entre pésames y llanto. El regreso a casa se me antoja un camino largo con un propósito, una necesidad de posponer lo inevitable. Siempre hay un breve momento de lucidez acompañado de cordialidad y recuerdas: recuerdas que aún no es tiempo de abandonar la carrera de la fuerza casi extraordinaria. Nunca se es egoísta en momentos así; al contrario, lo intentas con los demás hasta el final del día.

Te despides de los que viven, aquellos que por fortuna vuelven a sus rutinas. En ese preciso momento el mundo sigue; de hecho, su curso siempre continuó, pero solo hasta entonces se habrán dado cuenta. Cuando todos tienen que reinsertarse en su normalidad, logran dimensionar que nada lo es, y probablemente nada lo volverá a ser. Todo por buscar incansablemente que algo sea igual a antes.

Ya nada puede regresar a como estaba y ese es el primer paso. ¿Están de acuerdo? A tan solo unos cuantos pasos más, hay un duelo que deben comenzar. No importa cuánto quieran huir o escapar: por favor, deben llegar a él.

El silencio podrá parecer realmente un enemigo. No haré como que comprendo por completo lo que implica —hoy solo lo imagino—, pues ya no estaré ahí para cuidarlos y asegurarme de que vean por sí mismos lo que están por enfrentar. Pero el silencio sí; él será su guía durante el día, al quererme ver en el desayuno y dirigir una oración por los alimentos; o al atardecer, al esperar que regrese del trabajo y ansiar cada automóvil que se escucha a lo lejos; o por la noche, cuando sea tan ensordecedor que tan solo pidan un momento para imaginar que esto no está sucediendo.

Recomiendo que sea justo ahí cuando lo dejen salir, pausado y sin prisa, como un gran suspiro llegando con retardo después de uno, dos, diez o cien días. No importa cuánto demore o cuántas veces se repita: solo asegúrense de sentir. Es dolor lo que deben sentir y está bien. Siempre estará bien. ¿De acuerdo? Eso es lo correcto y lo normal. Así son las pérdidas y así se vive con la ausencia. Eventualmente, prometo que será un sitio conocido en el que habrán aprendido a transitar.

Así es: no se supera, se aprende a vivir con ello. Esto es todo lo que necesitan saber. Con esto sabrán que, a menudo, solía pensar también en cómo sería para ustedes cuando ya no esté.

Con amor, una madre con cáncer.

P. D. También fui hija, hermana, casi esposa, amiga y un buen humano».

Cuando terminé con las gastadas páginas, me di cuenta de que este diario apenas llevaba poco de haberlo comenzado. Lamenté no haber escrito más seguido en él. Ahora, no estoy segura de que lo lean alguna vez.

Con ese pensamiento logré dormir un par de horas, para luego despertar con varias arcadas que sumaron otra noche de desvelos y ojos protectores.




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