El Permiso De Una Madre

Extra 5: El futuro

Perspectiva de Matías

Hoy se festeja el Día de las Madres. Desde que iba a la escuela, recuerdo que al iniciar mayo comenzaban los preparativos. Al principio yo hacía todas las manualidades y no había problema; luego entendí que no tenía sentido traérselas a Sebas o a mi abuela.

Cuando se lo dije a papá, me miró con comprensión, como siempre que tocamos estos temas, y hasta me preguntó si había algo más que quisiera hacer en días como estos.

Solo le dije que no iría a la escuela y que tampoco me esforzaría en esos regalos. Fue a partir de los once años que comencé a notar ciertos detalles. En casa siempre pudimos recordar y hablar de ella, pero había algo distinto en las fechas importantes.

Todas las fechas de festividad, de cualquier tipo, albergan algo que no se dice, pero se siente; de forma colectiva, ese aire pesado no desaparece hasta que el día pasa.

La verdad es que el recuerdo de mi infancia ya lo tengo borroso. Hay vivencias muy específicas que están presentes y detalles que conozco de sobra, solo la imagen de mamá ya no es fresca.

Todos a mi alrededor crecieron supliendo, por sobre todo, mis carencias afectivas. Era como si cada uno tuviera un rol asignado para que yo no notara que me faltaba alguien.

Fue un gran gesto de amor, aunque siempre lo supe. Lo notaba en el hogar, en la forma en que les recordaba a mi mamá y cómo veían mis gestos con profunda nostalgia. Tuve que cambiar eso algunas veces, porque no quería que me vieran siempre de esa manera.

En la escuela, cuando todos —o al menos la mayoría— tenían lo que yo no, la forma en que me describían era esa: «¿Matías? ¿De Segundo A? Él no tiene mamá, murió de cáncer». Y en automático los chicos se volvían amables conmigo, como si detrás de eso existiera una verdad universal que no comprenden, pero intentan no molestarte porque cargar con aquello ya es más que suficiente.

Pero cuando tuve dudas nada pudo sustituir ese profundo vacío en mi pecho, siempre me haría falta ese consejo de mi madre; porque ese diario ya me lo sabía de memoria y todas esas palabras por momentos no eran suficientes.

Aun así el mundo fue muy bondadoso conmigo por eso, hasta que llegué a los dieciséis. Un grupo de chicos era particularmente cruel y hostil; me molestaron durante algún tiempo. Cuando Sebas se enteró, lloró mucho. Recuerdo que lo escuché en su habitación hablar solo:

—Tú te habrías dado cuenta de inmediato —decía al vacío, llorando lleno de impotencia.

Yo no comprendía qué pasaba, pero ese momento cambió un poco más la forma en que veía la vida, así que dejé de intentar enfrentar mis cambios en soledad.

Yo creía que mi mamá, en su diario, dejaba sus temores y que por eso después la vida se la llevó, porque había escuchado su dolor y la estaban recompensando con un eterno descanso sin sufrimiento.

Así que yo quería hacer eso también. Después aprendí que un cáncer no tiene muchas soluciones; en cambio, en lo mío, mi familia, sí podía ayudarme.

El tío Lucas y papá lo resolvieron en menos de lo que imaginé, y me enojé conmigo mismo por no haberles dicho antes, tan fácil que era. Ese día, mientras comíamos, le dije:

—Papá, ¿me acercas la sal?

Él casi se atraganta, me dio la sal y, más tarde, estaba llorando en su cuarto.

Luego tuve una novia. Muy guapa, pero era mayor, muy mayor. Cuando se enteraron, la tía Lily se burló de mí durante meses, mientras Sebas la miraba con cansancio.

Después de ese episodio, papá me llevó al psicólogo. Dijo algo como que él no tenía ni idea de qué decirme ante ese escenario. Ese día me superé a mí mismo, nunca lo había visto tan confundido, y eso que ya habíamos pasado muchas situaciones juntos al intentar formar nuestro pequeño hogar sin mamá.

Lo superé. Lo superamos, mamá junto a nosotros. A partir de ahí aprendí más lecciones todavía. Fue la primera vez que entendí que estaba buscando en otro lado lo que me faltaba en casa. Yo no lo intuía, pero confundí el amor y la admiración con algo que no entendía que me hacía falta; no veía esos gestos de cariño como amor romántico, me gustaban porque se parecían mucho a algo que no tuve.

Duré tiempo en terapia hasta que logré salir de ese hoyo y, solo entonces, pude terminar esa relación. Ese día sentí que el corazón se me había roto.

Cuando eso pasó, admiré todavía más a Sebas. Yo sentía que me estaba muriendo, no puedo imaginar todo lo que él sintió.

¿Qué pasó con todos?

Mis abuelos murieron hace poco, uno primero que el otro; mi tata no duró mucho sin mi abue y fue a acompañarla después, para juntos ir con mamá. Estoy seguro de que así fue.

Mis tíos formaron su propio hogar. Lucas tuvo una hija y le puso Natalia; mi tía tuvo un niño y le puso Mateo, dijo que para ella era una variante de mi nombre. Ambos siempre estuvieron presentes en mis logros y derrotas. Mamá tuvo a los mejores hermanos, sin duda.

Papá por fin logró volver a enamorarse. Rehicimos la vida en el hogar, fue hasta que me fui a la universidad. Lo suyo ya no fueron los niños, porque no tuvo más. Creo que mi destino fue ser su favorito; su esposa siempre fue muy amable y cálida. Mamá y yo la aprobamos desde el primer momento en que la presentó como su «amiga»; yo ya lo sabía, pero Sebas estaba nervioso ese día.

Sé que estarías muy orgullosa de todos; más de mí y de papá. Gracias a ti, Sebastián se volvió el hombre al que siempre le seguí los pasos; su ejemplo me hizo ser quien soy ahora.

Sé que eso es gracias a ella: le enseñó cómo hacerlo y, como regalo, lo dejó ser mi padre.




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