Sebastián ha estado organizando desde actividades de lo más triviales hasta aquellas que requieren más tiempo y elaboración para hacer juntos; dice que también es importante tener días normales cuando sea posible. Pero en el fondo sé que es para que estos tres días, que en realidad no son tanto, pasen lo más rápido posible.
Así que hoy estamos con su familia. El plan era sencillo: estar con las personas que son importantes para él. Sin embargo, hay otras personas; no sé si fue planeado o coincidencia, pero aquí estamos.
El ambiente es ameno y relajado, lo cual agradezco. Los temas de conversación fluyen de un lado a otro. Cuando Sebas me plantea estas cosas, mantengo cierto escepticismo, pero luego, cuando me sumerjo en la experiencia, puedo notar que tiene razón. Además, ahora cuento con un factor que antes no tenía: logro centrarme en detalles que siempre pasé por alto. Su familia, por ejemplo, es cálida y unida con él.
Hubo un momento en que salí para atender una llamada de mi médico para concretar, por fin, la cita de mañana. Cuando vuelvo, antes de llegar a la sala, escucho que su familia está hablando... de mí.
—No creen que es demasiado continuar con un compromiso, y tal vez una boda que nunca sucederá, ¿solo por lástima? —la persona agrega—: Incluso, ¿cómo ella puede aceptar este acto de caridad? Considero que ambos merecen otro final menos lamentable.
La sala se sumerge en un silencio total porque yo entré.
Todos observan, excepto ella; parece que, avergonzada, evita mi mirada para no darse cuenta de que yo sí escuché todo. Elijo el camino de la verdad y me siento en el lugar frente a ella. Esta es mi guerra, y nadie me va a decir qué es lo que estoy haciendo con la vida que me queda.
—No te preocupes ni te angusties por esto —le digo mirándola fijamente, y ella por fin me ve—. Él no es esa clase de persona; no se haría a sí mismo una cosa así y, lo que es todavía más importante, no me haría eso que tú mencionas.
Recupero mi postura, me levanto y tomo mis cosas con cuidado. Nadie se atreve a decir cosa alguna, así que rompo la tensión una vez más; esta vez me centro en su mamá, quien me observa con una gran pena.
—Me sorprende que haya dudado por un momento de los grandes valores con los que educó a su hijo. Y, así, dirijo mis pasos fuera de la sala para irme de ahí.
***
Me encuentro en la cocina, preparando algo para cenar, cuando él llega. Al entrar lo veo muy consternado y, sin darme tiempo de decir nada, comienza a explicarse:
—Te pido disculpas por todo lo que sucedió hoy, yo... —se le corta la respiración, pero continúa casi apurado—: yo le conté a mis padres cuando hablamos de continuar juntos, y mi mamá habló con una de mis tías, y... Perdón, no sabía que esto pasaría. Sé que no es justo, que nadie tiene por qué hablar de ti, especialmente si tú no les has confiado nada. Traicioné la confianza que me diste, me siento muy avergonzado contigo; no te mereces esto y no comprendo cómo mi familia pudo decir todas esas cosas.
Decido participar en la conversación porque entiendo que, cuando se encuentra hecho un lío, su cuerpo explota en ansiedad.
—Está bien, sé que no es así. Comprendo que, si la situación fuera al revés, yo haría lo mismo por ti: me quedaría hasta el final. A menos que tú realmente quisieras estar solo, lo aceptaría, porque quizás yo pude llegar a querer eso también. Haces lo que cualquier persona haría bajo este hecho y está bien.
Le ofrezco esa mirada fija y firme, pero él la evade mientras niega de forma rotunda, casi frágil, para que no siga. Pero he decidido que este es el momento para hablar con él de la única verdad que poseo.
—Por favor, no te rindas ahora —me suplica—, no hables de un hecho todavía. —Su voz se entrecorta por un leve momento, pero se recompone muy rápido—. Me dice que no tenga miedo y que aún podemos consultar y explorar más opciones.
Entiendo su lucha y su rol. Él quiere ser mi espacio seguro donde yo pueda ser vulnerable. Por la manera en que hemos llevado nuestra relación, él sabe que la seguridad que me aporta ha sido clave, hasta que comenzamos a pasar por todo esto, lo que hace que se requiera una fuerza superior inmensa para lograr que nada en el sistema se mueva.
—Necesito que me escuches. —Pero él está poniendo una gran resistencia, así que solo me queda cerrar el espacio entre los dos—. Ya lo hemos visto juntos: los costos son inaccesibles. Y, bueno, lo intentaría hasta donde el panorama mejorara, pero... —Él sigue negando despacio mientras comienzo a observar cómo, poco a poco, empieza a desmoronarse; sus ojos están brillando más de lo normal—. No lo intentaré si sé que la probabilidad casi se convierte en un verdadero milagro. No me iré y encima te dejaré sin nada; no puedo permitirme eso y nunca actuaría bajo ese egoísmo solo por mantener una esperanza de esta altura. Es simplemente demasiado peso para sostener; involucra un futuro sin mí. Enfrentar eso más la parte económica que los esperará, esté yo o no... ese es el principal escenario que quiero evitar para ustedes.
—Amor... —Sujeta mi rostro y su aroma me invade por breves momentos mientras se rinde al ver que ya lo he decidido. Baja la mirada y permite que sus lágrimas caigan, casi con pena por verse débil. Yo lo miro con ternura y añado:
—Independientemente de la existencia de un tratamiento o no, tú sabes que, si mi tiempo ya está decidido para ser corto, el resultado así será, se haga lo que se haga.
Cuando antes hablamos de nuestras convicciones individuales, ambos quedamos en el acuerdo de que, si yo creo en Dios y él no, la verdad es que la vida es algo que no depende de nosotros. De pronto el enfermo vive más tiempo del acordado sin tener siempre una explicación lógica y, a veces, el sano, de un momento a otro y aun con todo y planes, tiene que irse; en ocasiones, sin una previa despedida.