Cuando todos llegan a casa, afortunadamente se dan cuenta de que el ambiente no se encuentra tenso, tampoco Mati. Aparentemente todo está en orden, como hace mucho tiempo no lo estaba.
Respiran aliviados, como si ese peso los abandonara uno por uno. Incluso mi hermana me mira por primera vez desde hace tiempo con ojos llenos de admiración, como siempre solía mirarme. Al menos ya pudo soltar aquel enojo por haberla dejado fuera de la última plática en familia.
En contraste con este buen ánimo, por dentro yo siento como si toda la estructura que estuve construyendo hace un par de meses se cayera pieza por pieza. Me termino alejando hasta mi habitación con cierta urgencia.
Al llegar al borde de la cama, me adentro en esos pensamientos; después de haberle soltado aquellas palabras, de inmediato mi cerebro comienza a crear un nudo en mi pecho tan pesado que no creí que me fuera a abandonar fácilmente.
Lo intento, lloro de nuevo, pero ahora hay una amargura en cada lágrima. Incluso mientras caen por mi cara, puedo sentir el pesar en ellas. ¿Nunca se aprende lo suficiente, cierto? Sobre ser mamá, no hay un solo momento en que se sienta paz por saber que hiciste un buen trabajo; solo estás lista para fallar cada vez.
—¿Cómo estás? —La voz de Sebas me saca de mis sobrepensamientos. Le muestro una sonrisa irónica.
—No sé cómo pensé que saldría relativamente bien hablarlo con él —le respondo con esa autoexigencia mía.
En lo profundo, ha sido la principal razón por la que desde el principio estuve dándole vueltas a cómo se daría esta plática, posponiendo el momento hasta que no tuviera otra opción. Pero reconozco que me tardé. Mati ha sido mi más honesta revelación: por él soy fuerte, pero también por él sigo siendo una inexperta asustada.
—Así suelen ser los niños, no le des tantas vueltas. Él necesitaba que hablaras con él, solo tú podías.
Niego despacio.
—No, sé que piensan que él es tan afortunado por ser niño y no comprender del todo, al menos no como nosotros los adultos, pero...
Sebas se acerca a mí para prestarme atención, pero no continúo. No voy a hablar de esto ahora. Yo sé que Mati estuvo pensando hasta cuándo su mamá vendría a ser honesta y a calmar la tormenta de dudas que ya tiene en su cabeza.
—Yo misma me ilusioné con que, si él estaba tan en silencio, era porque me esperaría hasta que pudiera venir a él cuando estuviera lista— declaro rendida.
Fui tan tonta como para ver en él una madurez que yo me inventé para mi propio beneficio; los niños son quienes más saben todo lo que sucede a su alrededor.
Sebas me observa y me pide permiso con la mirada para acercarse. Cuando levanto la mía, encuentra unos ojos llenos de agua, a punto de que grandes y enojadas gotas broten de ellos. No espero a que se acerque; yo me acomodo en el hueco entre su cuello y su pecho, mientras él me rodea con sus brazos y palmas, apenas sujetando mi cuerpo con un cuidado que me duele.
Me duele porque, al contrario de él, he sido torpe e impulsiva. Tras pedirle hace unos días que cuidara su tacto porque me era doloroso, hoy he actuado de forma completamente incongruente y me he abalanzado sobre él como una torpe niña indefensa.
Entonces aparece. Detrás de la furia y el enojo viene lo que realmente siento: tristeza, una tristeza gigante que no había querido aceptar.
No estoy lista para dejarlos atrás.