Sebas y yo salimos muy temprano a una pequeña reunión. No estábamos seguros, pero ambos enfrentamos la realidad de que pudiera ser la última reunión de este estilo; así que lo intentaremos, solo hasta que sea suficiente.
Al llegar, ambos observamos a nuestra pareja de cita doble, a quienes hace tanto que no vemos. Mel se aleja saludando otros invitados, y su novio se aproxima y nos saluda entusiasmado.
Cuando estaba por ir tras Melanie y dejar a Sebas platicando con Iker, un invitado se acercó a felicitar al novio por el compromiso; ahí, frente a nosotros.
Iker se plantó cara a cara conmigo, me miró con ojos confundidos. Intentó arreglarlo, pero falló:
—Perdona, Melanie seguro estaba buscando la manera de contártelo de forma especial.
Le brindo una mueca de sonrisa; podría parecer burlona. Él se da cuenta y trata de alejarse porque, seguramente, siente que rompió un secreto inconfesable.
—Sí, estoy segura de que sí —consigo responderle.
Lo entiendo. Él estaba seguro de que yo estaba enterada de su boda. Ya todos lo saben, al parecer. Me siento mal de no haber tenido el tiempo suficiente para enterarme de una noticia tan importante para Mel. En cuestión de segundos él se va y le comentó algo a ella. La observé parpadear, casi como si buscara valor; después, me envía una mirada que me hace salir de ese espacio público y seguirla.
Me mira, pero no dice nada. Tomo la iniciativa, no muy segura de qué va a salir de esto; con Mel siempre se toma el camino más doloroso.
—Melanie, la vida es hermosa y, por supuesto, vale la pena vivirla. Sé feliz. Ya sea casándote o no; si quieres vivir viajando, estudiando, en casa con tu familia o en la playa, solo quiero que seas feliz. Y si en algún momento quieres venir a contármelo, si sientes el deseo de hablar conmigo, quiero que lo hagas sin detenerte a pensar en nada más. Pero si no quieres hacerlo y eres feliz así, eso es suficiente para mí.
Ella me escucha hasta el final. Traga saliva e inhala un poco de aire.
—No, no, no, Nat. Haré esto a mi manera. No te dejaré llenarme de deseos y felicitaciones; no quiero tus cartas de despedida, ¿de acuerdo? No voy a permitir que me mires y digas todo lo que esperas para mi futuro. No lo haré.
—Tranquila, por favor —le digo muy despacio.
—Nat, tú eres la fuerte. Dios, increíblemente fuerte. ¿Y yo qué hice? Ya lo vi, vi la quimioterapia y no lo pude resistir. No pude acompañarte ni una vez. Ni siquiera he podido hablar con Sebas. ¿Mati? ¿Tu familia? Me alejé de todos porque elijo hacer como si esto no estuviera pasando.
No puedo evitar mirarla con pena, y ella odia que la mire así. Pero no tengo palabras; supongo que así se sienten los demás, ¿cierto?
—Yo sé lo que has estado haciendo con todos. Tú y yo sabemos que yo no soy así; nunca tomé en cuenta uno solo de tus maduros consejos, siempre elegí el camino de las malas decisiones, ¿recuerdas? Y tú siempre me apoyaste cuando vine a ti con el corazón roto.
—Mel... —mi voz sale frágil, grave y rasposa, con un nudo en la garganta.
—No, Nat. Quiero estar en negación porque no puedo aceptarlo. Íbamos a casarnos juntas, pero el estúpido de Sebas se adelantó —su primera lágrima escapa—. Pero te dije que estaba bien, porque eso fue un sueño de niñas, Nati. Te he tenido a mi lado desde pequeña, ¿cómo podría...?
—Está bien, Mel, yo lo entiendo.
Ella se revuelve el cabello y pasa sus manos por su cara con desespero, mientras limpia sus lágrimas con arrebato.
—No quería hacerte esto: hablarte de mi futuro alegre mientras tú vas a morir. ¿En qué momento te pasó esto? ¿Cuáles eran las probabilidades? ¿Por qué a ti? —Bajo los ojos sin saber qué hacer—. Nadie de tu familia ha pasado por esto, ¿por qué tú? No había predisposición genética, Natalia. No les pasó a tus abuelas, tías o primas. Tú, una persona buena, con planes... ¿por qué? No es justo.
—Perdón, perdóname —es lo único que consigo decirle.
—La ironía de la vida es esta: la persona que calmaba mi corazón roto una y otra vez, será quien lo rompa de nuevo.
—Pero Melanie, esta vez no podré estar ahí para arreglarlo si eliges este camino —le advierto.
—No acompañaré este momento de mi vida sin ti —me declara—. No viviré cada momento con la conciencia de que no estás. Voy a casarme y, cuando la fiesta termine, me enfrentaré al hecho de que ya no estarás más. Es la única opción que tengo, ¿comprendes? Si lo hago ahora, Nat, no habrá una vida feliz para mí. Así que, por favor, tienes que dejarme hacerlo de esta manera. Es mi derecho a elegir cómo quiero enfrentar esto.