El Permiso De Una Madre

Capítulo 11: Valiente o Valentina

La cuenta regresiva terminó, el nuevo día declara un ciclo más. Lo describiría así: cuando vas a tener a tu primer hijo, te asusta lo desconocido porque no tienes ni idea de cómo es traer vida al mundo; pero cuando hablas del segundo hijo, ya lo sabes, ahí sí estás completamente segura de qué es lo que más te asusta. Así estoy viviendo el segundo ciclo de quimioterapia.

Entre la burocracia y el protocolo, entro rápido a la sala. Esta vez me acompañó papá; él solo dijo que, si necesitaba algo, no dudara en decirle a la enfermera y que él estaría listo para ayudar.

La paciente de al lado tiene su cortina abierta. Nos miramos a destiempo un par de veces, pero, por timidez, ninguna se anima a romper el hielo, hasta que las miradas coinciden y nos ofrecemos una leve sonrisa mareada.

—Hola, mi nombre es Valentina —me dijo una voz un poco ronca pero amable.

—Hola, yo soy Natalia.

Ella sonríe cálidamente: —Así se llamaba mi bisabuela, es un nombre lindo.

Entonces le regreso el cumplido:— A mí me hubiera gustado ponerle Valentina a mi hija.

Ambas nos miramos un momento y ella comprende lo que quiero decir. Luego agrega, curiosa:

—¿Qué es lo que te sucede a ti?

—Cáncer de ovario. ¿Y a ti? —le declaro, y le regreso la pregunta—: ¿Qué es lo que te pasa?

—Cáncer de mama —responde.

Valentina es una mujer un poco mayor que yo, con una linda familia y un gran bulevar de sueños; sueños rotos, dice ella algo nostálgica. Su mirada es muy dulce, como si detrás atesorara las mejores vistas de la vida.
Pero físicamente veo, como en un espejo, el deterioro que me espera: bolsas debajo de sus ojos algo amoratadas, la cicatriz en su pecho, pérdida completa de cabello, voz cansada y un continuo apoyo para moverse.

—Te vi el ciclo pasado —me dice, mientras cambia la conversación.

—¿Qué viste? —le pregunto, curiosa.

Ella analiza por un breve momento la pregunta, abre la boca y la cierra; luego, ambas sonreímos. Después de toser un poco, comienza a explicarme:

—Te veía desconfiada, prestando atención a cada movimiento a tu alrededor. Parecía... no sé, como si lo analizaras todo. Sí, eso.

—¿No es eso normal? —me remuevo, inquieta en el sillón.

—No lo sé —admite—. Una amiga me dijo que a mí me vio perdida, que parecía no estar consciente de lo que estaba sucediendo aquí porque mi mente estaba en otro lugar más importante.

—Y ¿tenía razón? ¿Qué sentiste tú en la primera quimioterapia? —me atrevo a preguntar.

—Sí, tenía razón —hace una pausa, respira y agrega, bajando su mirada a sus manos inquietas—: Desde que me diagnosticaron, no he podido dejar de pensar en mi familia.

Nos miramos una vez más, entendiéndonos, y para cambiar el rumbo de las palabras, le pregunto algo más que me ronda en la cabeza:

—¿Y tu amiga hoy no te acompañó?

—Ella falleció hace un mes. Nos conocimos aquí.

Un silencio reinó. No por lástima ni incomodidad; sino por el peso de la realidad, la cruda y fría realidad. Hoy podíamos estar conociéndonos y, quizás más tarde, alguna de las dos podría ser la siguiente.

Ambas nos sumergimos en una extensa plática aprovechando el largo tiempo en la sala. Para mí es el segundo ciclo de quimio; ella lleva por aquí algunas anécdotas más. Somos vecinas, lo cual me resulta ligeramente más cómodo; además, esto permitirá, ahora que todo de verdad comienza, mantener mi espacio, que mi familia no cruce esta puerta y, aun así, no estar tan sola.

Me habló de todo el proceso que fue para ella desde que llegó aquí y de cómo se ha mantenido fuerte para no causar más problemas de los que ya hay en casa. Dice que poder hablar ahora es como si le aflojaran las soga del cuello, pues frente a su familia no quiere verse débil y tampoco sabe cómo hablarlo con ellos sin hacerlos sufrir demasiado. Menciona que no es necesario que todos sufran tanto por lo que ella tiene que pasar y, tras escucharla, de verdad me doy cuenta de que no pienso igual.

Hay situaciones como esta en la que no puedes evitar que duela; intentarlo solo será un engaño que impide enfrentar la verdadera realidad de la misma enfermedad.
Yo no quiero que ellos me vean aquí dentro para no perder mi autonomía frente a sus ojos; ella no quiere que la vean para que no verlos sufrir.

Es confuso cómo varían los intereses de paciente a paciente, y lo único que puedo comprender es que cada uno se aferra a una motivación inquebrantable: una manera que cobra sentido a la hora de atravesar el dolor.

De no tener aquello, sería inútil intentarlo.




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