El Permiso De Una Madre

Capítulo 17: Respira 5, 4, 3, 2, 1

El sonido del ordenador con la música de fondo me permite adentrarme en ese único momento del que me volví celosa y, a la vez, egoísta: fue una de esas pocas veces donde tuve un plan sin Mati.

Dejo un pequeño distractor en las manos y decido apoyar la cabeza en el sillón, cerca de una almohada, para cerrar los ojos mientras las siguientes cuatro canciones se reproducen. Inundan la sala, pero también mi mente, con el vaivén de los recuerdos más codiciados de mi vida presente.

Recuerdo a Sebas entregarme un paquete misterioso con una nota: «Sé que no es tu primer concierto, pero ¿apuesto a que soy el primero en intentarlo con tu grupo favorito?». Lo miré con ilusión y comencé a planear cada detalle. En ese momento, eso era todo: la felicidad a través de unas entradas frágiles y perfectas.

Recuerdo su coquetería y cómo se mantuvo cerca de mí mientras el sonido influenciaba todo mi cuerpo; un ritmo puro y energético que erizaba cada milímetro de mi piel. El roce de Sebas intensificó cada canción que ese día mis oídos lograron escuchar. Un descanso en medio de mi caos.

Como un interruptor que enviaba mis pensamientos catastróficos de viaje, Sebas era un «aquí y ahora» lleno de primeras veces, envuelto en una dulzura que yo ya me había dado por vencida de obtener.

Ya no pensaba en tener una relación; ni siquiera creía merecerlo. Me culpaba. Cada noche, mientras Mati descansaba cerca de mí, pensaba y sobrepensaba en la idea de haberle entregado una familia incompleta a la única persona que solo demandaría amor desinteresado. ¿Cómo podría vivir con eso y creer que merecía a alguien como Sebas? Me encontraba rota.

Pero ahí estaba esa noche, disfrutando de mi música favorita con un hombre que no abandonaba la estación de control orquestada por mí. Mis pensamientos eran solo una muralla para aliviar la culpa de no haber cumplido la misión de la «familia feliz» que mi mente siempre imaginó. Fue ahí cuando lo supe. Por vez primera en mucho tiempo, deseé pasar una vida entera —a saber cuánto sería eso— con él.

Sebas siempre quería sorprender con ideas que terminaran en un destino lleno de sentimientos nuevos, sin saber que, desde que lo conocí, cada emoción la viví como única e irrepetible. Porque a lo único que renuncié cuando me atreví a sostenerle la mirada fue al miedo. Miedo a salir lastimada otra vez.

Cuando salgo de aquellos pensamientos, me descubro reuniendo valor, fuerza y energía para hablar con Mati; pero consciente de un pendiente que debía atender antes.




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