Al terminar las tres tomas del tratamiento, me pidieron esperar otro ciclo de veintiún días para realizarme de nuevo una tomografía; esta revelaría mis esperanzas de vida.
¿Ya habíamos aclarado lo del miedo a lo desconocido y el pánico a lo conocido? Espero que sí, porque el ritual postquimios hace que este ciclo de estudios me genere todos los sinsabores posibles, comenzando justo por el ayuno obligatorio.
Estuve en la cocina un momento al percibir el dulce aroma de los panqués. Me nutrí del olor y me alejé antes de que mamá me notara. Llenar mis fosas nasales por breves segundos con un sabor que antes no se mezclaba con químicos es la forma en que sobrevivo al hecho de que siempre he amado la comida.
Al regresar al hospital, Sebas sostiene mis manos temblorosas. Él ya no pregunta si estoy bien; sabe que la tomografía era un sitio traumatizante y, además, que esta vez vamos por el todo o nada, lo cual solo aumenta la tensión.
Cuando me piden ingresar a la habitación, el recorrido se vuelve estrecho y, aunque el cuarto está lo suficientemente alumbrado, lo percibo oscuro y sofocante. Para cuando visualizo la enorme dona lista para consumirme, el temblor me viaja por toda la columna vertebral.
Creía saber a lo que venía, pero al terminar el escrutinio profundo, lo que una vez ya era agonizante se convirtió en la completa sala del terror. No conforme con eso, le sumé una nueva reacción: vergüenza. Sentí vergüenza de no haber podido controlar mi esfínter; estaba segura de que, a diferencia de la primera vez que solo fue falsa alarma, esta vez sí que había sido real. Para mi alivio y la última pizca de dignidad que me acompaña, también fue falsa alarma.
Hoy Sebas nos trajo a mamá y a mí, pero tenía un pendiente familiar y quien se quedó conmigo durante el día fue ella. Cuando el doctor nos avisa que los resultados estarán en tres días, me sorprendo a mí misma cuando comienzo a cuestionarlo:
—Pero ya me habían dicho que máximo tardaría dos días. ¿Por qué necesita un día más?
El doctor me mira con paciencia y espera a que termine de hablar para agregar calmadamente:
—Generalmente el radiólogo emite el reporte y pueden pasar a recogerlo, pero como tu médico me tomé la atribución de que el sobre me lo entreguen a mí primero para hacerte cita de inmediato.
No me gusta su respuesta.—¿Por qué? —le reté, cual niña mimada.
—Natalia, lo hablaremos juntos. No te adelantarás a ningún escenario sin antes tener la información de los especialistas, ¿de acuerdo?
—Ya lo decidiste por mí —suelto con descaro.
Y recibo otra mirada paciente, mientras me sonríe amablemente.
—Está bien —termino cediendo.