—Aunque muchas veces dudé de si hacerlo de esta manera fue lo correcto, lo cierto es que siempre me vi impulsada por la ola que sabía que llegaría en cuestión de minutos a crear destrucción. Si no le hubiese dicho a Sebas que se alejara, probablemente yo también habría creído, pensado o confundido su amor con lástima. Si no se lo hubiese dicho a mi familia ese día, para cuando comenzaron las quimioterapias no habría podido sobrellevar ambas cosas a la vez. Si no hubiese hablado con Mati, y fallado la primera vez, nunca habría tenido la valentía de hablarle después con la verdad. Todo fue, en su momento, el camino que yo podía seguir; no había otra forma, y eso ha sido un gran consuelo que ha permitido ahora poder comenzar a despedirme a mi manera de todos.
—Eres una persona que resulta fácil de amar; y, por esa razón, algunas personas no quieren amarte. Llevas una verdad que, cuando la hablas, es aterradora. Eso es lo más hermoso de ti; no cualquier persona lleva consigo esa cualidad, tú lo has hecho de forma maravillosa. Debes estar muy orgullosa de ti misma. —me dice la psicóloga con suavidad.
La cita concluyó aquí. Ambas acordamos que no podíamos prolongarlo más; yo prefiero aprovechar ese tiempo con mi familia y, bueno, ya se han trabajado todos los objetivos planteados. ¿Qué más quedaría por hacer? La verdad es que sin su apoyo habría colapsado en más ocasiones de las que pudiera contar; ella es fuerte y eso me dio paz.
Llegamos a casa. Habíamos acordado que iríamos a un paseo a un lugar tranquilo, pero la lluvia llegó con una agresiva tormenta eléctrica, así que no pudimos concretar el plan. Yo me quedé en cama ese día a pasar la tarde, escuchando el flujo del agua con un sonido relajante.
Para la mañana siguiente, como si mi cama tuviera un pacto con mi cuerpo, ya no pude levantarme. La enfermedad empeoró y no dio tregua; lo sentí como una descarga eléctrica que llega y se desvanece dejando un vacío seco. Mi cuerpo ha quedado seco; ya no tiene más fuerzas para luchar.
El desfile de despedidas comenzó con Sebas:
—Quiero decirte que, aunque la vida decidió cambiar mis planes contigo, tener que comprender que todo lo que me queda es decirte lo que siento mirándote a los ojos es de lo que todo este tiempo estuve escapando. Ahora sé por qué tú me querías alejar. Desde el inicio lo que yo quería era protegerte; ver cómo todos esos intentos simplemente no funcionaron me destrozó de una forma que no imaginé jamás, por eso nunca dejé de admirar tu capacidad de vivir.
Se le comenzó a cortar la voz, su respiración era pausada; pronunciaba las palabras con calma, casi como si pesara una tonelada cada una.
—La forma en que tomaste decisiones cada vez hizo tan difícil aceptar que yo solo estoy aquí existiendo frente a ti... Es frustrante no poder hacer algo mientras te veo sufrir, aunque lo intenté de mil formas. Tras mis intentos fracasados con Mati, veo lo inútil que soy ante él. Sin duda alguna, para Mati y para mí, hacer lo que sea sin ti va a ser muy difícil. No te voy a mentir, no ha sido sencillo —sus ojos se llenan de agua—. Pero haber estado, más allá de lo que no pude hacer, será mi consuelo; me habría encantado hacer más por ti, y contigo. Quiero que sepas también que me voy a quedar con mucho amor para darte; no sabré dónde depositarlo, pero lo pondré en palabras esta noche. Te amé todo lo que pude y tuve, aunque eso implicaba verte sin poder hacer nada. Mi forma de amarte fue esta y, aunque no tuve suficiente tiempo para mostrarte el amor en las buenas, sé, y sabré, que tú lo sabes. Sabes todo de mí.
Extiendo mi mano, ahora más ligera y fría; rozan apenas sus dedos como un intento de anclarlo al presente.
—Estar aquí sin poder hacer nada fue, precisamente, lo más difícil que hiciste por mí —le digo con una voz que ya no pertenece al esfuerzo, sino a la claridad—. Me diste el lujo de ser una persona enferma y no solo un problema por resolver. Todos querían "curarme", Sebas; tú, al final, aceptaste solo acompañarme. Ese "no hacer nada" fue el espacio donde pude respirar sin sentir que le debía un milagro a nadie.
Lo miro fijamente, registrando cada faceta de su rostro como quien termina de leer su libro favorito.
—No guardes ese amor que te sobra. No busques dónde depositarlo como si fuera una carga. Ese amor es ahora el suelo donde Mati va a caminar. No necesitas haber tenido "las buenas" para que esto sea real; nos tuvimos en la verdad, y la verdad es lo único que no tiene fecha de caducidad. No me mires con derrota, Sebas. Estar frente a mí, viéndome tal cual soy ahora, es el acto de amor más valiente que te he visto realizar.
Sebas ya no me pide que me quede y eso lo convierte en el hombre más valiente de todos.
Papá y mamá están aquí presenciando nuestra despedida. Entonces, ellos me piden aceptar moverme al hospital; me explican con miedo que no quieren lastimarme, sino ayudar con el dolor en el tiempo que quede. Acepto sin dudarlo, incluso era algo que tenía pensado: no quiero dejar una huella eterna en cada columna de esta casa; los muros no son tan fuertes como para cargar y sostener mi muerte dentro de ella.
—Han sido los mejores padres, quiero que lo sepan y lo tengan presente siempre. Mamá, tu amor llenó cada habitación en mi interior, no hubo una sola vez que dejara de sentir tu calidez; y papá, gracias por dejarme ser la niña de tus ojos los casi treinta y cinco años de mi vida.
Mamá no puede hablar, pero desde la plática en la cocina noté cómo ella comenzó a aceptarlo. Con sus cuidados y palabras amorosas me ha dicho más que suficiente, y papá, con sus acciones protectoras, lo ha dicho todo.
—Nati, mi amor, eres una hija extraordinaria. Me enseñaste a ser mamá por segunda vez. Criar una hija no es fácil, Nati, pero si pude criarte de esta manera, ya no tengo nada que pedir; aceptaré que eres demasiado buena para este mundo y ahora tienes que partir.
Mamá mira a papá y esa es su señal.