Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 54

El 3 de agosto amaneció con un cielo extraño, ni gris ni azul, algo entre medias, como si el verano estuviera dudando.

Klara caminaba hacia el parque donde habían quedado. Llevaba el cuaderno azul en la bolsa, aunque no sabía por qué. Quizás porque necesitaba sentir algo familiar.

Cuando llegó, Markus ya estaba allí, sentado en el banco de siempre, mirando al suelo, con los hombros tensos. Anna, Jonas, Sofie y Erik estaban de pie, discutiendo en voz baja.

Klara sintió un nudo en el pecho.

—Hola —dijo.

Los cinco se giraron. Intentaron sonreír, pero ninguno lo consiguió del todo.

Se sentaron en círculo, como siempre. Pero esta vez no había risas, no había bromas, no había planes para el lago. Solo silencio.

Jonas fue el primero en hablar.

—¿Habéis escuchado la radio hoy?

Erik asintió.

—Sí.

Anna bufó.

—Otra vez lo mismo: medidas de seguridad, protección del Estado, control del tránsito.

Sofie se abrazó las rodillas.

—No me gusta cómo suena, no me gusta nada.

Klara miró a Markus; él no la miraba a ella; seguía con la vista clavada en el suelo.

—¿Qué creéis que va a pasar? —preguntó Klara en voz baja.

Nadie respondió; Anna fue la primera en romper el silencio.

—Yo creo… —Tragó saliva— que están preparando algo grande.

Erik la miró.

—¿Qué tipo de algo?

Anna negó con la cabeza.

—No lo sé, pero no es normal que hablen así. No es normal que haya tantos controles. No es normal que haya hombres nuevos vigilando.

Sofie levantó la cabeza.

—¿Hombres nuevos?

Anna asintió.

—Sí. Los he visto y no son de aquí.

Jonas apretó los puños.

—¿Te han estado vigilando como a Klara?

Anna negó con la cabeza, pero Jonas no pareció tranquilizarse. Tenía miedo de que algo pudiera pasarles a Anna y a Klara.

Klara sintió un escalofrío.

—¿Llevan… abrigo gris?

Jonas la miró fijamente, preocupado por su reacción; Markus levantó la cabeza.

—¿Tú también lo viste?

Jonas tragó saliva.

—Sí. Y no solo ella, también me contaste que tu madre lo vio.

Klara sintió que el corazón le latía demasiado rápido.

—¿Qué… qué creéis que quieren? —preguntó Sofie.

Erik respondió con una sinceridad que dolió.

—No creo que quieran nada de nosotros. Creo que están vigilando.

Markus tomó aire.

—Mi tío dice que cuando un gobierno empieza a hablar de “fugas”, es que tiene miedo. Y cuando tiene miedo… actúa.

Sofie lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Actuar cómo?

Markus respiró hondo.

—No lo sé, pero no me gusta.

Klara tomó su mano; él se la apretó con fuerza.

—Tengo miedo —dijo Markus, con voz baja—. No por mí. Por ti.

Klara sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—No digas eso.

—Tengo que decirlo —respondió él—, porque si algo pasa… no quiero que nos pille desprevenidos.

Anna se levantó de golpe.

—¡No va a pasar nada! —exclamó, pero su voz tembló—. No puede pasar nada, no pueden cerrar la ciudad, no pueden separar a la gente. No pueden…

Jonas la abrazó.

—Anna…

Intentaba calmarla, pero ella se derrumbó un poco entre sus brazos.

—No quiero perderos.

Erik se sentó en el suelo, con las manos sobre la cabeza.

—Yo tampoco, no quiero que nada cambie. No quiero que nos separen, no quiero que un día despertemos y… y ya no podamos vernos.

Klara sintió un nudo en la garganta.

—No va a pasar eso.

Markus la miró.

—Klara… no lo sabes.

Ella bajó la mirada.

—Lo sé. Pero no quiero pensarlo.

Sofie habló con voz suave.

—Yo… yo he escuchado rumores en la fábrica. Gente que dice que están perdiendo el control, que están enfadados.

Anna apretó los dientes.

—¿Y qué? ¿Van a poner una valla gigante? ¿Un muro?

Jonas soltó una pequeña risa, pero era una risa rota.

—No pueden hacer eso.

Markus lo miró.

—Pueden.

El silencio cayó como una piedra.

Klara sintió un escalofrío y miró hacia el borde del parque; no había nadie, pero el miedo seguía allí.

—¿Creéis que ese hombre… el del abrigo gris… tiene algo que ver con esto?

Anna respondió sin dudar.

—Sí.

Sofie asintió.

—Yo también lo creo.

Erik tragó saliva.

—No es normal que aparezca en tantos sitios, no es normal que no hable, que no se mueva… pero que siempre esté mirando.

Markus tomó aire.

—No sé quién es, pero sé que no es un paseante, no es un vecino, no es un trabajador, no es nadie que debería estar ahí.

Klara sintió que el corazón se le encogía.

—Entonces… ¿Qué hacemos?

Markus tomó su mano.

—Vivimos. Cada día, cada minuto, cada momento.

Erik asintió.

—Sí. No vamos a dejar que el miedo nos robe el verano.

Anna se secó las lágrimas.

—Ni la amistad.

Sofie sonrió con tristeza.

—Ni el amor.

—Ni nuestra felicidad —dijo Jonas.

Klara los miró a todos, su pequeño mundo, su refugio, su familia elegida.

—Entonces… estamos juntos.

Markus la abrazó.

—Siempre.

Erik los rodeó a todos con los brazos.

—Y si ese hombre del abrigo gris vuelve a aparecer… —Intentó bromear—, Anna le pega.

Anna levantó la barbilla.

—Eso seguro.

Rieron, pero era una risa frágil, una risa que sabía que algo se acercaba; el verano seguía allí, pero ya no era dulce. Ya no parecía eterno y, sin saberlo, estaban viviendo los últimos días de algo que nunca volvería.

Diario de Klara

3 de agosto de 1961

Hoy hemos hablado de nuestros miedos y creo que ha sido la conversación más difícil de mi vida.

Klara apoyó el lápiz un momento. El silencio de su habitación parecía más grande que nunca. El verano seguía allí… pero ya no era cálido.

Volvió a escribir.

Nos reunimos en el parque; el cielo estaba raro, ni azul ni gris, como si también él estuviera dudando.




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