El 10 de agosto amaneció con un calor extraño, pesado, como si el aire estuviera esperando algo. Klara caminaba hacia el puente con el corazón acelerado. Markus le había dicho que necesitaba verla con urgencia, y esa palabra llevaba días rondándole la cabeza. Cuando llegó, Markus estaba allí, pero no estaba como siempre, apoyado en la barandilla. Tampoco estaba sonriendo; ese día no tenía aquella luz en los ojos, estaba de pie, tenso, con el cuaderno en la mano.
—Markus… —Susurró Klara.
Él levantó la cabeza.
Tenía los ojos rojos, como si no hubiera dormido.
—Tenemos que hablar.
Klara sintió un escalofrío.
—Dime.
Markus respiró hondo, como si necesitara reunir valor para lo que iba a decir.
—Tengo un plan.
Klara parpadeó.
—¿Un plan?
—Para ti, para tu madre y para Anna. Para… para que salgáis del Este.
Klara sintió que el mundo se detenía durante un segundo.
—¿Salir…? ¿Salir cómo?
Markus abrió el cuaderno.
Había páginas llenas de flechas, notas, dibujos de calles, horarios y puntos de vigilancia.
—He estado observando, memorizando, buscando y pensando durante días en cómo ayudaros a escapar.
Klara se llevó una mano a la boca.
—Markus…
Él continuó, sin detenerse.
—Los controles están aumentando, los hombres del abrigo gris están por todas partes y la radio no deja de repetir lo mismo. Y mi tío tiene razón: cuando un gobierno tiene miedo, actúa
Hizo una pausa.
—Y yo… yo no voy a esperar a que actúe.
Klara sintió que las piernas le temblaban.
—¿Qué estás diciendo?
Markus la miró directamente a los ojos.
—Que quiero ayudarte a escapar. A ti, a tu madre y a Anna.
Klara sintió que el corazón se le subía a la garganta.
—¿Escapar… cuándo?
Markus tragó saliva.
—El 13 de agosto.
Klara dio un paso atrás.
—Eso es… eso es dentro de tres días.
—Lo sé.
—Markus… ¿Estás seguro?
Él asintió.
—Más que nunca.
Klara se acercó a él, todavía temblando.
—¿Por qué el 13?
Markus cerró el cuaderno.
—Porque no tenemos más tiempo. Porque algo va a pasar. Lo siento, lo veo, lo escucho en la radio, lo veo en los ojos de la gente… y lo veo en ese hombre del abrigo gris.
Klara sintió un escalofrío.
—¿Lo viste otra vez?
—Sí. Y esta vez…
Markus tragó saliva.
—Esta vez sentí que estaba esperando algo. Como si supiera que el tiempo se está acabando.
Klara apretó su mano.
—Markus… tengo miedo.
Él la abrazó con fuerza.
—Yo también. Pero prefiero tener miedo contigo que perderte sin luchar.
Klara cerró los ojos.
Sintió su respiración, sintió su corazón, sintió que el mundo se estrechaba alrededor de ellos.
—¿Cuál es el plan? —susurró.
Markus abrió el cuaderno de nuevo.
—Hay un punto en la frontera donde los controles son más débiles. No es un paso oficial. Allí hay un hueco. Es un lugar donde los guardias cambian de turno y quedan unos minutos sin vigilancia.
Klara lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo sabes eso?
—He estado observando durante días, a distintas horas, desde distintos ángulos.
Klara sintió un nudo en el pecho.
—¿Y… y cómo saldríamos?
Markus señaló un dibujo.
—Por detrás de la fábrica vieja. Hay un muro bajo. Se puede saltar. Luego viene un tramo de tierra y después…
Respiró hondo.
—El Oeste.
Klara se llevó una mano al pecho.
—¿Y mi madre? ¿Y Anna?
—Las ayudaremos. Erik y Jonas estarán conmigo. No las voy a dejar atrás.
Klara sintió que las lágrimas le caían por las mejillas.
—Markus… esto es peligroso.
—Lo sé.
—Podrían dispararte.
—Lo sé.
—Podrían atraparte.
—Lo sé.
—Podrían…
Su voz se quebró.
—Podrían matarte.
Markus tomó su rostro entre las manos.
—Prefiero morir intentando salvarte que vivir sabiendo que no hice nada.
Klara rompió a llorar; Markus la abrazó muy fuerte, como si quisiera memorizar su forma.
—Klara, necesito saber si estás conmigo. Si quieres hacerlo. Si quieres escapar. Si quieres intentarlo.
Klara apoyó la frente en su pecho.
—Sí.
Markus se quedó quieto.
—¿Sí?
Klara levantó la cabeza; sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero también de algo nuevo: determinación.
—Sí. Quiero hacerlo. Quiero escapar. Quiero vivir. Quiero estar contigo. Quiero que mi madre esté a salvo. Quiero volver a ver a mi hermano y a mi tío. Y, sobre todo, quiero que Anna también esté a salvo. Quiero…
Su voz tembló.
—…quiero tener un futuro.
Markus la abrazó tan fuerte que casi la levantó del suelo.
—Gracias… Gracias, Klara. No sabes lo que significa.
Klara sonrió entre lágrimas.
—Lo sé. Porque significa lo mismo para mí.
Markus tomó sus manos.
—Entonces escucha. El 13 de agosto, a las diez de la noche, te espero en el punto. Tú, tu madre y Anna. No llevéis maletas grandes. Solo lo esencial. Ropa, documentos… nada que haga ruido, nada que llame la atención.
Klara asintió.
—Lo haré.
—Y, Klara…
—¿Sí?
Markus la miró con una mezcla de amor y miedo.
—Si ese hombre del abrigo gris aparece, no te detengas. No lo mires. Solo corre.
Klara sintió un escalofrío.
—Lo prometo.
Markus tomó aire.
—Entonces… estamos decididos.
Klara asintió.
—Estamos decididos.
Se abrazaron como si aquel abrazo fuera un puente antes del verdadero puente.
Después, juntos, fueron a casa de Anna para contarle el plan que Markus había diseñado.
Anna estaba en la cocina de su casa, limpiando la mesa con movimientos rápidos, casi nerviosos.
Había tenido un mal presentimiento durante todo el día y no sabía por qué. Solo sabía que algo estaba a punto de romperse.
Escuchó pasos en el pasillo y levantó la cabeza; llamaron a la puerta y, cuando abrió, vio a Klara, y detrás de ella estaba Markus.