Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 59

La mañana llegó despacio; Klara se despertó antes de que sonara el despertador y durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo; no sabía por qué se había despertado tan temprano, quizá había sido un sueño, quizá los nervios o quizá simplemente su cuerpo ya sabía que aquellos días no eran como los demás.

Giró la cabeza hacia la mesita de noche; allí estaba su cuaderno azul. Lo observó unos segundos antes de levantarse.

Ayer había escrito que quería escapar, ayer había decidido vivir y ahora faltaban solamente dos días.

Dos días, Klara se sentó en el borde de la cama y respiró profundamente.

—Dos días… —murmuró.

Por primera vez, la frase no le produjo solamente miedo, también le produjo ilusión.

Se levantó y abrió el armario, sacó una pequeña bolsa de tela y la colocó sobre la cama; no podía llevar muchas cosas.

Markus había sido muy claro: solo lo necesario, documentos, algo de ropa, lo imprescindible.

Klara empezó a escoger varias blusas, varios jerséis, un par de vestidos, ropa interior, un pequeño neceser; después abrió el cajón de la mesita; allí estaban; las tomó entre las manos. Había una de su madre con su padre y su hermano, otra de Anna y todas las que se había hecho con el grupo y la del lago cuando los seis habían reído hasta que les dolía el estómago.

Klara sonrió; aquella fotografía terminó dentro de la bolsa, con todas las demás; cerró la bolsa; todavía no parecía una maleta para escapar; parecía simplemente una pequeña bolsa.

Una pequeña bolsa que contenía casi toda su vida.

En la cocina, su madre ya estaba despierta. Helga preparaba el desayuno; el olor del café llenaba la habitación.

—Has madrugado —dijo al verla entrar.

—No tenía sueño.

Su madre la miró durante unos segundos.

Después miró la pequeña bolsa que Klara llevaba en la mano; no preguntó.

—¿Ya has preparado algunas cosas?

Klara asintió.

—Muy pocas; esta bolsa la voy a dejar cerca de la puerta para cuando nos vayamos.

Helga dejó la taza sobre la mesa.

—Es mejor así.

Klara se sentó frente a ella.

Durante unos segundos ninguna habló.

—Mamá…

—¿Sí?

—¿Tienes miedo?

Helga bajó la mirada hacia su café.

—Sí.

Klara sintió un nudo en el pecho.

—Yo también.

Su madre levantó los ojos.

—Pero no quiero que el miedo decida por nosotras.

Klara sonrió ligeramente.

—Eso mismo dijo Markus.

—Entonces, por una vez, Markus ha dicho algo sensato.

Klara soltó una pequeña risa.

Helga también, y durante unos segundos fueron simplemente madre e hija desayunando juntas, sin política, sin controles y sin hombres grises, solo ellas.

A media mañana, Klara salió hacia la librería; las calles parecían iguales, la gente caminaba hacia el trabajo, las bicicletas pasaban junto a ella, un hombre llevaba una bolsa de pan, una mujer empujaba un carrito de bebé, un tranvía pasó haciendo sonar su campana.

Todo continuaba; Klara se detuvo un instante, miró alrededor; había pasado por aquellas calles cientos de veces y, sin embargo, aquella mañana las miró de otra manera, no porque supiera que iba a dejarlas, sino porque por primera vez había imaginado que podía existir otro lugar, otro lado, otra vida. Siguió caminando. Cuando llegó a la librería, abrió la puerta y escuchó el pequeño sonido de la campanilla.

El clic sonó como un pequeño latido; sonrió por un instante, solo un instante, pensó que quizá algún día volvería a escuchar aquel sonido desde lejos.

La mañana transcurrió con normalidad; Klara atendió a los clientes, ordenó algunos libros, limpió el mostrador y colocó varias novelas en una estantería.

Una señora le preguntó por un libro que no tenían; Klara tuvo que explicarle que probablemente llegaría la semana siguiente.

La mujer sonrió y dijo:

—Entonces volveré.

Klara se quedó mirándola después de que se marchara. Volveré; aquella palabra se quedó con ella.

No sabía si ella podría decirla algún día.

A la hora del descanso, Anna entró a la biblioteca, estuvo un rato hablando con ella, teniendo cuidado en cada palabra; antes de irse, acordaron quedar donde siempre con Markus.

Por la tarde, Markus ya la estaba esperando; estaba apoyado contra la barandilla del puente. Cuando la vio, sonrió y aquella sonrisa fue suficiente para que Klara sintiera que el mundo se volvía un poco más ligero.

—Llegas tarde —dijo él.

—Tres minutos.

—Tres minutos son mucho.

—Entonces tendrás que aprender a esperarme.

Markus sonrió.

—Puedo hacerlo.

Klara se acercó; durante unos segundos simplemente caminaron juntos, no hablaron del plan.

—¿Has preparado tus cosas? —preguntó finalmente Markus.

—Un poco.

—Yo también.

—¿Tú también?

—Sí, ¿por qué no nos vamos a quedar aquí? Nos vamos a Heidelberg.

—¿Y Erik, Sofie y Jonas? ¿Anna, mi madre, los padres de Anna?

—Están preparados, ellos también se vienen; aquí en el Oeste no pueden quedarse, nos vamos todos.

Klara respiró hondo.

—Entonces es real.

Markus la miró.

—Sí.

Ella bajó la mirada.

—Tengo miedo.

Markus tomó su mano.

—Yo también.

Klara levantó los ojos.

—¿De verdad?

—Muchísimo.

Ella sonrió.

—Pensaba que no tenías miedo de nada.

—Eso es porque soy muy buen actor.

Klara soltó una risa.

Markus sonrió.

Después se quedaron en silencio; el río avanzaba debajo del puente, el sol de agosto iluminaba el agua y, durante un momento, ninguno de los dos quiso pensar en el futuro.

Solo querían estar allí juntos.

Más tarde llegaron Erik, Sofie, Anna y Jonas.

Erik apareció con una bolsa de papel.

—Traigo provisiones.

Anna lo miró.

—¿Qué has traído?

—Pan.

—¿Solo pan?

—Y dos manzanas.

—¿Para seis personas?




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