El 5 de agosto amaneció con un silencio extraño. No era el silencio normal del amanecer; era un silencio que parecía estar esperando algo.
Markus no había dormido bien; se despertó varias veces durante la noche con la sensación de que alguien lo observaba desde la ventana, pero cada vez que miraba, no había nadie.
Se vistió sin hacer ruido y salió de casa antes de que sus tíos despertaran. Necesitaba aire, necesitaba pensar.
Caminó hasta el taller de su tío; la puerta estaba entreabierta, su tío ya estaba trabajando.
—Estás madrugando demasiado últimamente —dijo su tío sin levantar la vista.
—No podía dormir.
Su tío apagó el motor que estaba revisando.
—¿Por la noticia?
Markus asintió.
—Y por otras cosas.
Su tío Adan lo miró con atención.
—¿Klara?
Markus tragó saliva.
—Sí.
Su tío se limpió las manos con un trapo.
—Markus… si tienes miedo, es por algo.
—No quiero tenerlo.
—No se trata de querer, se trata de escuchar.
Markus se sentó en una caja de herramientas.
—¿Y si un día no puede cruzar? ¿Y si un día… la pierdo?
Su tío suspiró.
—Entonces tendrás que estar preparado.
Markus levantó la cabeza.
—¿Preparado cómo?
Su tío Adan lo miró con una seriedad que Markus no le había visto nunca.
—Con un plan.
Markus sintió un escalofrío.
—¿Un plan para qué?
—Para lo que venga —respondió su tío—. Para si cierran, para si bloquean, para si levantan algo.
Markus negó con la cabeza.
—No pueden hacer eso.
—Pueden —respondió su tío—. Y si lo hacen… tú no puedes quedarte quieto.
Markus apretó los puños.
—No voy a dejar que nos separen.
Su tío Adan asintió.
—Entonces empieza a pensar como alguien que quiere proteger lo que ama.
Markus sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Qué hago?
Su tío Adan se acercó y habló en voz baja.
—Primero: observa todo, cada cambio, cada movimiento, cada hombre nuevo en la frontera.
—Ya lo hago.
—Segundo: Memoriza rutas, calles, atajos, lugares donde esconderte si hace falta.
Markus tragó saliva.
—¿Es tan grave?
—No lo sé —respondió su tío—. Pero prefiero que estés preparado a que te arrepientas.
Markus respiró hondo.
—¿Y tercero?
Su tío lo miró con una mezcla de cariño y preocupación.
—Habla con ella, con Klara, pero sin asustarla. Que sepa que no estás dormido, que si algo pasa… tú ya estás pensando.
Markus bajó la mirada.
—No quiero que tenga miedo.
—Ya lo tiene —respondió su tío—. Y tú también, pero el miedo no sirve si no se convierte en acción.
Markus salió del taller con la cabeza llena de ideas que no sabía ordenar.
Caminó sin rumbo durante un rato, hasta llegar al puente; se apoyó en la barandilla y miró el agua; el reflejo del cielo parecía más oscuro que de costumbre.
—Tengo que hacer algo —susurró.
Pero no sabía qué; un ruido detrás de él hizo que se girara y allí estaba el hombre del abrigo gris a unos metros, quieto, mirándolo.
Markus sintió que el corazón se le detenía durante un segundo.
—¿Qué quieres? —dijo, con la voz más firme que pudo.
El hombre no respondió, no se movió, ni tampoco parpadeó; solo miraba.
Markus dio un paso hacia atrás. El hombre dio un paso hacia adelante; Markus sintió un frío que no tenía nada que ver con el viento.
—No te tengo miedo —mintió.
El hombre inclinó apenas la cabeza; fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que Markus sintiera que algo invisible se tensaba en el aire. Markus dio otro paso atrás; el hombre no lo siguió, pero tampoco se fue, solo lo observaba como si estuviera esperando. Entonces Markus sintió que algo dentro de él se encendía.
—No voy a dejar que te acerques a ella —susurró.
El hombre no reaccionó, pero Markus sí, se giró y echó a correr. Cuando llegó a casa, estaba jadeando. Cerró la puerta con llave, se apoyó en ella y respiró hondo y entonces lo supo: no podía esperar, no podía confiar en que no pasaría nada, no podía quedarse quieto mientras una sombra los rodeaba.
Tenía que actuar, tenía que hacer un plan.
Por Klara, por ellos, por lo que aún tenían, se sentó en su escritorio, abrió su cuaderno y escribió:
5 de agosto de 1961
Hoy he empezado un plan.
No sé si servirá, no sé si tendré tiempo, pero no puedo quedarme quieto.
Markus dejó el lápiz un momento.
Su dormitorio estaba en silencio, pero no era un silencio normal; era un silencio que parecía observarlo.
Volvió a escribir.
No dormí bien; me desperté varias veces con la sensación de que alguien me miraba desde la ventana. Cuando salí de casa, el cielo estaba gris, como si supiera algo que yo aún no sé.
El trazo se volvió más lento.
Fui al taller de mi tío; él ya estaba trabajando. Me dijo que si tenía miedo, era por algo; le dije que no quería tenerlo. Él dijo que no se trata de querer, sino de escuchar.
Markus respiró hondo.
Le pregunté qué debía hacer si un día Klara no podía cruzar, si un día la perdía.
Me dijo que tenía que estar preparado, que necesitaba un plan.
El lápiz tembló un poco entre sus dedos.
No quería escucharlo, pero tenía razón; mi tío me dijo tres cosas.
Primero: observar cada cambio, cada hombre nuevo en la frontera, cada movimiento extraño.
Segundo: memorizar rutas, calles, atajos, lugares donde esconderse si hace falta.
Tercero: hablar con Klara sin asustarla, pero sin mentirle.
Markus apretó el lápiz.
No quiero que tenga miedo, pero ya lo tiene y yo también. Cuando salí del taller, fui al puente y allí estaba el hombre del abrigo gris; el trazo se volvió más tenso, más oscuro.
No estaba lejos, tampoco escondido; estaba allí, mirándome.
Markus tragó saliva al escribirlo.
Le pregunté qué quería, no respondió, di un paso atrás; él dio uno hacia adelante, solo uno, pero fue suficiente.