Entre el este y el oeste:separados por el muro.

Capitulo 56

La casa estaba en silencio cuando Markus salió de su dormitorio; su tía estaba en la cocina, pelando patatas.

La radio estaba apagada, algo que Markus notó enseguida: ella nunca cocinaba sin música.

—Llegaste asustado —dijo ella sin girarse.

—Sí.

Su tía dejó el cuchillo sobre la tabla, se giró y lo miró, y Markus supo que ella ya sabía que algo no iba bien. —¿Qué ha pasado?

Markus tragó saliva. —Necesito hablar contigo.

Su tía se limpió las manos en el delantal y se sentó a la mesa. —Siéntate.

Él obedeció; durante unos segundos ninguno de los dos habló. Markus miraba la mesa y su tía lo miraba a él.

—Markus… —dijo ella finalmente—. ¿Es por la noticia? ¿Por Klara?

Él asintió. —Sí, y por otras cosas.

Su tía entrecerró los ojos. —Hay algo más.

Markus bajó la mirada. —Sí.

Ella suspiró, pero no con molestia, con tristeza. —Cuéntame.

Markus respiró hondo. —Tita… Tengo miedo.

Ella no se sorprendió, no dijo nada, no lo tranquilizó con palabras vacías. Solo dijo: —Lo sé.

Markus sintió que algo dentro de él se aflojaba. —La radio, los controles, los hombres nuevos en la frontera, el hombre del abrigo gris.

Su tía se tensó: —¿Qué hombre? ¿Tú lo has visto?

—Sí, hoy, en el puente me estaba mirando, no se movía y tampoco me decía nada, pero... —Markus tragó saliva—. Pero sentí que podía hacerlo.

Su tía apoyó una mano sobre la suya. —Ese hombre no es normal.

—Lo sé.

—Y no está ahí por casualidad.

Markus levantó la mirada. —¿Tú también lo crees?

—Sí.

Markus respiró hondo. —Tita… he empezado un plan.

Ella no se sorprendió, no se rio y no lo llamó exagerado, sino que lo miró y dijo:

—¿Qué tipo de plan?

Markus fue a su dormitorio, cogió el cuaderno y fue a la cocina. Se sentó y abrió su cuaderno, lo puso sobre la mesa; había escrito las rutas, las calles, los atajos, el puente, la fecha donde ayudaría a Klara a escapar y varias ideas.

Su tía lo miró en silencio. —¿Desde cuándo estás haciendo esto?

—Desde esta mañana.

—¿Por Klara?

—Sí.

Ella asintió. —¿Y qué piensas hacer?

Markus tragó saliva. —Si un día no puede cruzar… Si un día cierran… Si un día levantan algo… Quiero tener una forma de llegar a ella o de sacarla o de… —Su voz se quebró— de… no perderla.

Su tía lo miró con una mezcla de orgullo y miedo. —Eres como tu padre.

Markus levantó la cabeza. —¿Qué?

—Cuando algo le daba miedo… él no se quedaba quieto, actuaba, pensaba, planeaba y protegía a lo que más amaba.

Markus sintió un nudo en la garganta.

—No quiero perderla.

Ella tomó su rostro entre las manos. —No la vas a perder. —¿Cómo lo sabes? —Porque tú no eres de los que se rinden.

Su tía respiró hondo. —Pero Markus… Si vas a hacer un plan… tienes que hacerlo bien.

—Lo intento.

—No, tienes que hacerlo mejor, más discreto, más inteligente, silencioso.

Markus frunció el ceño. —¿Qué quieres decir?

Ella bajó la voz.—No hables de esto con cualquiera, ni siquiera con todos tus amigos; no sabes quién escucha, no sabes quién repite, no sabes quién tiene miedo y habla de más.

Markus asintió. —Lo sé, no te preocupes, Erik y Jonas son los únicos que lo saben; me van a ayudar.

Su tía asintió con la cabeza.

—Y otra cosa —añadió ella—. No te acerques solo a ese hombre del abrigo gris, no lo provoques, ni lo mires demasiado, no le des ningún motivo para hacerte algo.

Markus tragó saliva. —¿Crees que es peligroso?

—No estoy segura, pero no quiero que estés cerca de él; no sabemos quién es y qué hace aquí, tal vez una señal.

Markus sintió un escalofrío. —¿Qué señal?

Ella lo miró con una tristeza profunda. —De que el tiempo se está acabando.

Markus cerró el cuaderno. —Tita, sí pasa algo, sí un día Klara no puede cruzar, si queda atrapada.

Ella lo interrumpió: —No vas a estar solo.

Markus la miró, sorprendido. —¿Qué?

—No voy a dejar que te enfrentes a esto tú solo, no voy a dejar que te rompas y tampoco voy a dejar que pierdas a esa chica sin luchar.

Markus sintió que los ojos se le llenaban. —Gracias.

Ella le acarició el cabello, como cuando hacía con Jonaa cuando era chico. —Eres mi sobrino, aunque te quiero como a un hijo y ella... —Sonrió suavemente—. Ella te ha cambiado la mirada.

Markus se levantó, su tía también y lo abrazó fuerte.

—Haz tu plan —susurró ella—, pero hazlo bien, con la cabeza fría y con calma, y hazlo antes de que sea tarde.

Markus cerró los ojos. —Lo haré.

Ella lo soltó. —Y Markus…

—¿Sí? —No esperes al último día.

Markus sintió un escalofrío. —No voy a esperar.

Salió de la cocina con el cuaderno bajo el brazo y con la certeza de que su plan iba a funcionar.




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