El primer golpe sonó a las 3:17 de la madrugada.
Vera Salvatierra abrió los ojos de inmediato.
No había sido un sueño. Tampoco el crujido habitual de las cañerías ni el ruido de algún vecino que regresaba tarde a su casa. Aquel sonido había sido seco, preciso, deliberado.
Como si alguien hubiera golpeado desde el otro lado de una pared.
Permaneció inmóvil, con la respiración suspendida y los ojos fijos en la oscuridad de su dormitorio. Durante unos segundos no escuchó nada más que el latido desbocado de su corazón.
Entonces llegó el segundo golpe.
Más fuerte.
Vera se incorporó lentamente. La luz azulada de la ciudad se filtraba por las cortinas y dibujaba sombras sobre los muebles. El reloj digital de la mesa de noche marcaba las 3:17. Los números rojos parecían demasiado brillantes en aquella habitación silenciosa.
Miró hacia la puerta entreabierta.
—¿Hay alguien? —preguntó.
Su voz sonó extraña. Débil. Como si perteneciera a otra persona.
Nadie respondió.
Vera tenía treinta y ocho años, era psicóloga y llevaba más de una década ayudando a otros a enfrentarse a sus miedos. Había escuchado confesiones que habrían destruido la tranquilidad de cualquiera. Había visto personas llorar mientras recuperaban recuerdos que preferían mantener enterrados. Había aprendido que la mente podía construir refugios extraordinarios para protegerse de verdades insoportables.
Pero existía una diferencia entre comprender el miedo y sentirlo.
Y aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, Vera sintió que algo dentro de ella estaba intentando advertirle de un peligro que su conciencia no podía nombrar.
Se levantó, encendió la lámpara y recorrió el departamento. Revisó la cocina, el baño y el pequeño estudio donde guardaba sus libros. No encontró ventanas abiertas ni cerraduras forzadas. Todo estaba en su lugar.
Cuando regresó al dormitorio, se detuvo frente a la pared que separaba su habitación del pasillo.
No supo por qué lo hizo.
Simplemente se quedó allí, observando la superficie blanca, sin cuadros ni adornos, mientras una sensación de familiaridad desagradable le recorría la espalda.
Había algo en aquella pared que le resultaba conocido.
No era una imagen. Ni un recuerdo completo.
Era una sensación enterrada, un fragmento de algo que había ocurrido hacía mucho tiempo y que su mente había aprendido a mantener lejos.
Vera acercó la mano.
La superficie estaba fría.
Y entonces escuchó el tercer golpe.
No vino del pasillo.
No vino del departamento vecino.
Vino de adentro de la pared.
Vera retrocedió de un salto.
Durante varios segundos no pudo moverse. Tenía la garganta seca y las manos temblorosas. Una certeza absurda comenzó a formarse en su interior: detrás de aquella pared había alguien.
Alguien que sabía que ella estaba allí.
Alguien que había esperado demasiado tiempo.
Entonces, desde algún lugar imposible, llegó un susurro.
—Vera…
Su nombre.
Dicho con una voz infantil.
Una voz que no escuchaba desde los nueve años.
La lámpara parpadeó una vez y volvió a encenderse. Vera corrió hacia la puerta del dormitorio, salió al pasillo y encendió todas las luces. Permaneció allí hasta el amanecer, sentada en el suelo, abrazándose las rodillas y repitiéndose que estaba cansada, que había sido una alucinación provocada por el estrés, que no existía ninguna razón para creer que una pared pudiera esconder algo.
Cuando salió el sol, consiguió convencerse de que no volvería a pensar en aquello.
Pero a las ocho y cuarenta y tres de la mañana recibió una llamada que cambiaría su vida.
El número era desconocido.
—¿Doctora Salvatierra? —preguntó una voz masculina.
—Sí. ¿Quién habla?
Hubo una pausa. Al otro lado se escuchó una respiración irregular, como si el hombre hubiera estado corriendo o llevara mucho tiempo intentando reunir valor para pronunciar las palabras siguientes.
—Necesito verla.
—¿Es usted un paciente?
—Lo fui.
Vera tomó un bolígrafo y buscó una hoja.
—¿Cuál es su nombre?
El hombre tardó tanto en responder que ella creyó que la comunicación se había interrumpido.
Finalmente, dijo:
—Daniel Ferrer.
El bolígrafo se detuvo entre sus dedos.
No conocía a ningún Daniel Ferrer. Al menos, no conscientemente. Sin embargo, al escuchar aquel nombre sintió una presión detrás de los ojos y una punzada en la cicatriz que tenía oculta detrás de la oreja izquierda.
—¿Qué necesita de mí, señor Ferrer?
—Que me ayude a recordar.
Vera respiró hondo.
—¿Recordar qué?
La respuesta llegó en un susurro.
—Lo que usted hizo aquella noche.
El silencio que siguió pareció llenar toda la habitación.
—No sé de qué me está hablando —respondió ella.
—Claro que no. Se aseguraron de que no lo supiera.
Vera sintió que el suelo se volvía incierto bajo sus pies.
—¿Quiénes?
—Las personas que construyeron la habitación.
—¿Qué habitación?
El hombre dejó escapar una risa breve, sin alegría.
—La que no existía.
Vera colgó.
Se quedó mirando el teléfono, furiosa consigo misma por haber permitido que un desconocido la alterara de aquella manera. Se dijo que era una estrategia habitual: pacientes que intentaban provocar una reacción emocional, personas que buscaban atención, individuos que mezclaban fantasías con recuerdos reales.
Había explicaciones para todo.
Siempre las había.
Abrió el navegador de su computadora y escribió el nombre que acababa de escuchar.
Daniel Ferrer.
Los primeros resultados fueron irrelevantes. Nombres similares, perfiles incompletos, noticias antiguas. Continuó buscando hasta que encontró una referencia en un archivo digital de noticias locales, publicada diecisiete años atrás.