La HabitaciÓn Que No ExistÍa

CAPÍTULO 3 La voz que no debía existir

A las once y cincuenta y seis de la noche, Vera Salvatierra salió de la casa de su madre con una cinta magnética dentro del bolso y una pregunta que ya no podía formular sin sentir que algo se quebraba en su interior.

Había dos niñas.

Dos niñas idénticas.

Y, durante la noche del incendio de Santa Emilia, alguien había decidido que una de ellas debía desaparecer.

Elena no había podido decirle cuál de las dos había llevado de la mano aquella mañana. Tampoco había sabido explicar por qué la niña que regresó a su casa no recordaba el hospital, la habitación ni los acontecimientos que habían precedido al incendio. Cada vez que Vera intentaba reconstruir los hechos, su madre encontraba una manera de interrumpir la conversación.

Al final, Elena había terminado sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas y la mirada perdida en algún lugar de su propia memoria.

—No escuches esa cinta sola —le había dicho antes de despedirse.

Vera había guardado silencio.

—Y si escuchas mi voz, no des por sentado que soy yo.

Aquella última advertencia había sido tan extraña que Vera estuvo a punto de preguntarle si estaba segura de encontrarse bien. Pero la expresión de Elena la detuvo. Su madre no estaba confundida ni desorientada. Parecía perfectamente consciente de lo que decía.

Lo que ocurría era mucho peor.

Tenía miedo de una grabación.

Y ese miedo había sobrevivido durante diecisiete años.

Vera se sentó al volante y cerró la puerta del automóvil. El sonido la aisló del exterior, pero no consiguió devolverle la sensación de seguridad que había perdido.

Colocó el bolso sobre el asiento del acompañante y comprobó que el estuche metálico seguía dentro.

Después miró hacia la casa.

Las cortinas del dormitorio de Elena estaban cerradas. Una luz permanecía encendida detrás de ellas. Su madre había prometido llamar cuando se sintiera preparada para continuar hablando, aunque Vera sospechaba que esa llamada podía no llegar nunca.

Introdujo la llave en el contacto.

Antes de arrancar, el teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

«No reproduzcas la cinta».

Vera sintió que los dedos se le tensaban alrededor del teléfono.

No había contestado a ningún mensaje anterior. No había compartido la fotografía ni la información que acababa de obtener. Y, desde luego, no le había dicho a nadie que tenía en su poder una grabación del Proyecto Umbral.

Miró por el retrovisor.

La calle estaba vacía.

Un árbol se movía bajo el viento y el agua descendía por los bordes de las veredas. No vio ningún automóvil estacionado ni ninguna silueta en las esquinas.

Volvió a mirar el mensaje.

Llegó otro.

«Elena no te contó lo que pasó después de que salieras».

Vera dejó de respirar durante unos segundos.

Después de que salieras.

No después del incendio.

No después de que la encontraran.

Después de que saliera.

Como si alguien supiera que ella había estado dentro de aquella habitación y hubiera conseguido abandonar el hospital.

Como si la historia de las dos niñas no fuera una sospecha, sino un hecho que otras personas conocían y del que ella había sido excluida deliberadamente.

Vera escribió una respuesta.

¿Quién eres?

El mensaje quedó enviado.

No apareció ninguna confirmación de lectura.

Esperó medio minuto, volvió a escribir y recibió una notificación que indicaba que el número no admitía respuestas.

Dejó el teléfono boca abajo.

No iba a permitir que un desconocido dirigiera sus decisiones mediante amenazas anónimas. Si alguien pretendía intimidarla, estaba consiguiendo exactamente lo contrario: cada mensaje reforzaba su determinación de descubrir qué había sucedido.

Sin embargo, antes de arrancar, tomó una decisión que hasta unas horas antes le habría parecido impensable.

No iría directamente a su departamento.

Primero necesitaba encontrar una manera de escuchar la cinta.

Y necesitaba hacerlo sin que nadie supiera dónde estaba.

El edificio donde vivía Vera tenía un pequeño cuarto de almacenamiento en el subsuelo. No era una habitación especialmente segura, pero disponía de una puerta metálica, una única entrada y ninguna ventana.

El lugar le pareció adecuado por una razón que no quiso examinar demasiado: necesitaba un espacio donde pudiera concentrarse sin temor a que alguien apareciera inesperadamente.

Llegó a su departamento poco después de la medianoche, dejó el automóvil en el estacionamiento y subió por las escaleras.

Antes de entrar, observó el pasillo.

No había nadie.

Abrió la puerta y encendió las luces.

Todo estaba exactamente como lo había dejado: los libros sobre la mesa, una manta doblada en el sillón y una taza limpia junto al fregadero. La normalidad de los objetos le produjo una sensación extraña, casi ofensiva.

Su casa seguía siendo su casa.

Las cosas no habían cambiado.

Era ella quien ya no podía mirarlas de la misma manera.

Dejó el bolso sobre la mesa y sacó el estuche metálico.

Lo abrió con cuidado.

Además de la cinta, encontró dos fotografías, un sobre vacío y una hoja doblada en cuatro partes. El papel tenía marcas de humedad y estaba amarillento en los bordes.

Vera lo extendió.

En la parte superior había un membrete del hospital de Santa Emilia. Debajo aparecían varias líneas mecanografiadas, algunas tachadas con tinta negra.

El documento parecía ser una nota interna.

PROYECTO UMBRAL.

Registro de observación.

Incidente de duplicación de identidad.

Vera leyó la última expresión varias veces.

Duplicación de identidad.

No decía confusión de identidad, ni error de identificación, ni alteración de registros.




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