A las cinco y cuarenta y siete de la tarde, Vera Salvatierra descubrió que llevaba casi diez minutos mirando la misma frase sin comprenderla.
La había subrayado dos veces en el informe que tenía sobre el escritorio. Incluso había escrito una observación al margen, con su letra pequeña y precisa, pero ya no recordaba qué había querido señalar. La frase hablaba de un hombre que aseguraba haber perdido tres horas de su vida sin que existiera ninguna explicación médica para justificarlo.
Vera dejó el bolígrafo.
Afuera, Puerto Umbría comenzaba a hundirse en el crepúsculo. La lluvia había empezado poco después del mediodía y ahora descendía sobre los edificios con una persistencia casi obsesiva. Desde el ventanal de su consultorio, situado en el tercer piso de un edificio antiguo, se distinguían los faros de los automóviles deslizándose sobre el pavimento mojado y las luces de los comercios encendiéndose una a una.
Era una tarde corriente.
Al menos, eso se había dicho durante las últimas horas.
Había atendido a cinco pacientes, contestado tres llamadas y cancelado una reunión que llevaba semanas posponiendo. Tenía una taza de café frío junto al teclado, dos expedientes pendientes y una sensación de cansancio que no conseguía explicar del todo.
No había dormido bien la noche anterior.
Se había despertado a las 3:17 de la madrugada, con la certeza de haber oído tres golpes procedentes de una pared. Después había escuchado una voz infantil pronunciar su nombre.
Durante el resto de la noche permaneció despierta, sentada en el suelo de su dormitorio, tratando de convencerse de que el episodio había sido una alucinación producida por el agotamiento.
A la luz del día, la experiencia había perdido parte de su intensidad. Sin embargo, cada vez que se quedaba sola, volvía a recordar aquella voz.
No la voz en sí.
La familiaridad.
Había sido como escuchar a alguien a quien conocía profundamente y que, al mismo tiempo, no podía existir en ningún recuerdo accesible de su vida adulta.
Vera se tocó discretamente la zona situada detrás de la oreja izquierda.
La cicatriz seguía allí, fina y ligeramente hundida, oculta bajo el cabello.
Tenía aquella marca desde la infancia. Su madre siempre había explicado que se había producido durante una caída, cuando Vera tenía nueve años. La historia incluía un jardín, una bicicleta y un escalón de piedra. Era una explicación sencilla, repetida tantas veces que Vera había dejado de cuestionarla.
Pero esa mañana, después de escuchar los golpes, había intentado recordar la caída.
No había podido.
Recordaba el hospital donde supuestamente la habían atendido. Recordaba unas cortinas verdes y el olor penetrante de un desinfectante. Recordaba la mano de su madre apretando la suya.
Lo que no conseguía recordar era el accidente.
Ni el dolor.
Ni cómo había terminado en aquella habitación.
Solo había un espacio vacío, una interrupción abrupta en la secuencia de sus recuerdos.
Como si alguien hubiera cortado una parte de su infancia y después hubiera cosido los extremos para que nadie advirtiera la ausencia.
El timbre del consultorio la arrancó de sus pensamientos.
Vera miró el reloj.
Las seis en punto.
La recepcionista había terminado su jornada veinte minutos antes, de modo que ella misma tendría que abrir la puerta.
Guardó el informe en una carpeta y se levantó. Mientras cruzaba el pequeño pasillo, escuchó el ascensor detenerse en su piso. Después, el sonido de unos pasos lentos.
Al llegar a la entrada, vio a un hombre de pie frente a la puerta de vidrio esmerilado.
Era alto, delgado y vestía un abrigo oscuro empapado por la lluvia. Tenía el cabello castaño, demasiado largo sobre la frente, y una barba de varios días que acentuaba la palidez de su rostro. Sus zapatos estaban cubiertos de barro, como si hubiera caminado por un terreno sin pavimentar antes de llegar al edificio.
No parecía alguien que hubiera venido directamente desde su casa o desde una oficina.
Parecía alguien que había pasado mucho tiempo fuera de cualquier lugar al que pudiera llamar hogar.
El hombre sostenía una carpeta de cartón contra el pecho.
Cuando Vera abrió, él levantó la mirada.
Sus ojos eran de un gris tan claro que, bajo la iluminación del pasillo, parecían casi transparentes.
—¿La doctora Salvatierra?
—Sí. ¿Daniel Ferrer?
El hombre asintió.
—Gracias por recibirme.
Vera se apartó para dejarlo entrar.
—Pase, por favor.
Daniel cruzó el umbral con cautela. Antes de avanzar hacia el consultorio, se detuvo y miró a ambos lados del pasillo. Sus ojos recorrieron las puertas, las paredes, el techo y la pequeña cámara de seguridad instalada cerca del ascensor.
Fue una inspección rápida, pero demasiado minuciosa para pasar inadvertida.
—¿Busca algo? —preguntó Vera.
—No.
—¿Está seguro?
Daniel la miró.
—Estoy intentando comprobar que este lugar es real.
Vera sostuvo su mirada durante unos segundos.
Había aprendido a no juzgar las palabras de un paciente antes de comprender qué significaban para él. Las frases extrañas podían ocultar miedo, confusión, ironía o una forma desesperada de pedir ayuda.
Sin embargo, aquella respuesta le produjo una incomodidad inmediata.
No porque fuera absurda.
Sino porque, por un instante, ella misma había sentido la necesidad de comprobar lo mismo al despertar aquella mañana.
—Mi consultorio está al fondo —dijo finalmente—. Podemos hablar con tranquilidad.
Daniel caminó detrás de ella.
Al entrar, se detuvo junto a la puerta.
El consultorio era amplio, con paredes de color marfil, estanterías de madera oscura y una alfombra gris que amortiguaba los pasos. Había dos sillones enfrentados junto a una mesa baja, una lámpara de pie y un pequeño reloj analógico colocado sobre una repisa.