Vera no durmió aquella noche.
A las once y veinte, después de revisar por quinta vez los mensajes recibidos en su teléfono, decidió abandonar el consultorio. No porque hubiera recuperado la tranquilidad, sino porque comprendió que permanecer allí, frente a aquella pared, solo conseguiría alimentar un miedo que ya empezaba a escapar de su control.
Antes de marcharse, fotografió la imagen de la niña y guardó el original en un sobre. También imprimió los mensajes anónimos y anotó en una hoja las horas exactas de cada llamada. Era un procedimiento casi automático, una forma de convertir el desconcierto en datos que pudiera examinar después.
Su formación profesional le había enseñado que, ante una experiencia perturbadora, lo primero era distinguir entre lo que uno sabía, lo que creía saber y lo que simplemente temía.
El problema era que aquella noche las tres categorías parecían haberse mezclado.
Sabía que un hombre llamado Daniel Ferrer había acudido a su consultorio.
Sabía que existía una noticia que lo declaraba muerto diecisiete años atrás.
Sabía que su madre había reaccionado con miedo al escuchar el nombre del hospital de Santa Emilia.
Y sabía que una fotografía mostraba a una niña idéntica a ella dentro de una habitación que, según Daniel, no tenía puertas ni ventanas.
Lo que no sabía era cómo interpretar aquellos hechos.
Podía tratarse de una manipulación cuidadosamente organizada. Alguien había conseguido fotografías de su infancia, había investigado su historia familiar y había preparado una representación destinada a desestabilizarla.
Era una posibilidad razonable.
Lo que no lograba explicar era la reacción de Elena.
Su madre no había preguntado quién era Daniel. No había cuestionado la historia. No había exigido pruebas.
Había tenido miedo antes de conocer los detalles.
Y después había pronunciado aquellas palabras.
Yo creí que, si olvidabas la habitación, podrías vivir.
Vera cerró los ojos.
La voz de su madre seguía resonando en su memoria.
Durante treinta y ocho años, Elena Salvatierra había sido una mujer reservada, pero nunca misteriosa. Trabajaba como enfermera antes de jubilarse, cuidaba sus plantas con una dedicación casi religiosa y mantenía una rutina que rara vez alteraba. Había enviudado cuando Vera era demasiado pequeña para recordar con claridad a su padre, y desde entonces había construido una vida alrededor de su única hija.
O, al menos, eso era lo que Vera creía.
Nunca habían sido una familia especialmente expresiva. Su madre demostraba el cariño mediante actos concretos: preparaba comida para varios días cuando Vera tenía mucho trabajo, llamaba para comprobar que hubiera llegado bien a casa y recordaba las fechas de cada examen importante durante sus estudios.
Pero existía un asunto del que Elena no hablaba jamás.
La infancia de Vera.
Cuando su hija preguntaba por fotografías antiguas, su madre respondía con anécdotas breves, muchas veces repetidas. Si Vera intentaba profundizar en algún episodio, Elena encontraba una razón para cambiar de tema.
Durante años, Vera había interpretado aquella actitud como una forma de tristeza. Quizá su madre no quería recordar la muerte de su esposo. Quizá los primeros años de maternidad habían sido más difíciles de lo que reconocía.
Nunca imaginó que el silencio pudiera ocultar algo distinto.
Algo relacionado con ella.
A las once y treinta y cinco, apagó las luces del consultorio y guardó el sobre dentro de su bolso.
Antes de salir, se detuvo frente a la pared.
La superficie estaba intacta.
No había grietas, marcas ni señales de que algo hubiera raspado desde el otro lado.
Vera apoyó la palma contra ella.
Estaba fría.
—No hay nadie —susurró.
Se obligó a sonreír ante la ridiculez de hablar con una pared.
Después cerró la puerta del consultorio y bajó por las escaleras.
No volvió a mirar atrás.
La lluvia había disminuido, pero las calles de Puerto Umbría seguían cubiertas de agua. Vera caminó hasta el estacionamiento, abrió su automóvil y permaneció unos segundos dentro, con las manos apoyadas sobre el volante.
No quería conducir.
No quería regresar a su departamento.
Y, sobre todo, no quería quedarse sola con sus pensamientos.
Tomó el teléfono y buscó el contacto de su madre.
Elena vivía en una casa pequeña, en una zona residencial situada al norte de la ciudad. Desde la muerte de su esposo, había rechazado varias veces la posibilidad de mudarse a un departamento más cómodo. Decía que la casa le permitía conservar sus recuerdos y que, mientras pudiera subir las escaleras sin ayuda, no necesitaba cambiar nada.
Vera conocía cada habitación de aquella vivienda.
La cocina con azulejos blancos. El comedor donde su madre conservaba una vajilla que solo utilizaba en Navidad. El dormitorio con cortinas color crema. El pequeño jardín donde había aprendido a andar en bicicleta.
La casa representaba todo lo que consideraba estable en su vida.
Si existía una persona capaz de explicarle lo que estaba sucediendo, era Elena.
Marcó su número.
Su madre contestó después del primer tono.
—¿Vera?
La rapidez de la respuesta la desconcertó.
—¿Estabas despierta?
—Sí. No podía dormir.
—¿Por qué?
Elena tardó en contestar.
—Por cosas de la edad, supongo.
Vera miró a través del parabrisas. Una pareja cruzaba la calle bajo un paraguas compartido.
—Voy para tu casa.
—No.
La respuesta fue tan inmediata que Vera apartó el teléfono de su oído.
—¿Cómo?
—Es tarde, hija. No hace falta que vengas.
—Necesito hablar contigo.
—Podemos hacerlo mañana.
—No. Tiene que ser ahora.
Se produjo un silencio.
Vera conocía los silencios de su madre. Sabía distinguir cuándo estaba molesta, cuándo buscaba una respuesta y cuándo intentaba evitar una conversación.