—Tengo cinco llamadas de mi hermana —dijo serio y sin levantar la mirada de la pantalla.
Le observé en silencio invadida por una sensación de alarma repentina.
—Voy a llamarla.
Di unos pasos hacia atrás en dirección a la puerta y él levantó la mano para indicarme que parara. Me quedé quieta, sin saber dónde mirar, asegurándome de que mi cara no proyectara mi incomodidad.
—Alex…
Cuando parecía que la expresión de Lore no podía tensarse más, lo hizo. Escuchaba y parpadeaba. Noté que con la uña del dedo índice rascaba una zona de su vaquero que estaba desgastada.
Imaginaba lo que le estaría contando su hermana y se me tensó el cuerpo. No se me daba demasiado bien reaccionar a las malas noticias. Y esa se veía a la legua que lo era. Noté las manos húmedas.
Aún no sabía lo que estaba ocurriendo pero ya anticipaba las dudas: «¿Qué le voy a decir? ¿Valdrá con estar aquí?».
Lore se giró. Ya no podía verle la cara, solo le escuchaba hablar bajito.
—Pero… ¿y ahora qué? —calló unos segundos—. Voy a ver si puedo.
Colgó.
Se quedó en la misma posición y agachó la cabeza. La habitación se oscureció de golpe, como si una nube de lluvia hubiera tapado el sol.
Cerré los puños con fuerza tratando de retener el impulso que necesitaba para decirle algo.
—Mi padre —expiró.
—¿Qué ha pasado? —pregunté enseguida.
—Ha tenido un infarto y ha chocado con el coche… —dijo como si no acabara de creérselo.
El estómago se me dio la vuelta. No quería preguntar lo obvio pero tampoco sabía qué decir.
—Ostras… —susurré.
—Le están operando ahora…
Se levantó y vino hacia mí.
Las comisuras de los labios le caían.
Y su mirada luchaba por no ausentarse.
Alcé los brazos y su pena alcanzó mi cuerpo.
—¿Se sabe algo más? —dije con cautela.
—El golpe con el coche no ha sido muy fuerte pero el infarto… aún no saben cómo le puede afectar.
—Entiendo…
—Tengo que ir.
—Claro.
Cerré los ojos y derramé una lágrima.
Sabía lo que era correcto pero no dejaba de repetirme un pensamiento egoísta. Si Lore se iba, quién sabía cuándo iba a volver. Si Lore se iba, cómo quedaba lo nuestro. Y, lo peor, si Lore se iba y su padre no se recuperaba, ¿se tendría que quedar?
Lo que había sido un comienzo esperanzador minutos antes, se sentía como una despedida precipitada.
—¿Te puedes quedar conmigo? —susurró.
—Claro. Lo que necesites.
Lore no se veía con ánimo de conducir tantas horas, así que buscamos alternativa. Tardamos casi una hora en decidirnos por un billete carísimo en un vuelo que salía a primera hora de la mañana. Mi corazón estaba encogido. En el fondo deseaba que no hubiera encontrado forma de irse, aunque sabía que era la peor opción de todas y que, de haber ocurrido, le hubiera llevado yo misma en coche.
—Siento cómo se ha dado la vuelta esto.
—No pasa nada —mentí.
Quería besarle pero me daba miedo que no fuera lo más adecuado en ese momento.
«Se va», pensé. Y empecé a notar la urgencia de marcharme de allí, escapar rápido de esa sensación de pérdida que no hacía más que crecer.
—Creo que deberías descansar un poco. Mañana será un día largo… —dije levantándome de la silla.
—No creo que pueda dormir.
Agarró mi mano. Y mi corazón entró en taquicardia.
—Quédate. Hasta que me vaya…
Se levantó y me besó.
Si me quedaba. Si dejaba que él marcara los tiempos. Volvería a sentirme la vulnerable de la relación.
Pero su forma de besarme no me dejaba pensar.
—Voy a volver…
Lo dijo con los ojos cerrados, como si se le estuviera escapando un pensamiento.
—No pienses en eso ahora…
Le dije para quitarle carga, aunque fuera en lo único que yo estaba pensando.
Nos tumbamos en la cama. Había una nube oscura encima de nuestras cabezas pero, en ese momento, nosotros estábamos a resguardo.
Me miró a los ojos.
—¿Qué piensas?
—Nada… que me gusta estar así —le acaricié el pelo.
Cerró los ojos.
—No quiero irme.
Mi cuerpo comenzó a relajarse.
—¿Te vendrías conmigo?
Abrí los ojos y le vi mirándome fijamente.
—¿Qué? —me incorporé.
Pensé que lo había entendido mal, que no me estaba pidiendo que fuera a conocer a su familia en mitad de una crisis como aquella. ¿Qué le llevaba a pedirme algo así?
—No quiero ir solo.
—Allí estará tu gente…
—Ya… no es lo mismo —sonrió tímidamente—. Tienes razón pero… es que no quiero que esto quede así…
—Así, ¿cómo?
—Sin hablarlo, sin saber lo que… —paró y tomó aire— Me da miedo lo que me vaya a encontrar…
—Ojalá fuera en otra situación…
—Ya.
Me abrazó de nuevo y nos besamos hasta quedarnos medio dormidos. No sé cuánto tiempo pasó pero recuerdo despertarme con un espasmo. Le miré y seguía dormido. Fui al baño pensando en su propuesta. Quedaban dos horas para que se marchara y era incapaz de tomar una decisión definitiva. Estuve despierta el resto del tiempo, mirándole, acariciándole suavemente el brazo, memorizando el olor a nosotros que impregnaba la habitación. Ahora que había logrado admitir lo que sentía, se me escapaba.
«Tengo que hacer algo…»