Los Secretos

31. Demuestra que puedes

Cuando sonó el despertador me sobresalté. Apagué la pantalla del móvil y fingí que dormía. Él me acarició la espalda y me giré haciendo como que me costaba abrir los ojos.

—Es la hora —susurró y me besó en la mejilla.

Se marchó al baño y me senté al borde de la cama. Notaba la cara hinchada y la cabeza nublada. Encendí la lámpara de la mesita y ni siquiera la calidez de la bombilla lograba aligerar la frialdad de aquel cuarto.

—He pedido el taxi ya —dijo desde la puerta de la habitación.

No contesté esperando que me pidiera que le acompañara.

—Llegará en 20 minutos.

—Vale —sonreí forzada—. Yo me marcho ya…

—¿No quieres un café? Puedo hacerlo en un momento.

—No, gracias. A estas horas no me entra nada.

Se acercó despacio.

Me puse nerviosa. No había podido lavarme los dientes.

Cerré la boca.

—¿Seguro que no quieres nada?

Le abracé para evitar hablarle a la cara.

—No, gracias… Que tengas buen viaje. Avísame cuando se sepa algo de tu padre.

—Claro.

Me alejé por el pasillo deseando que me llamara.

—¡Bruna! No te vayas así…

Y yo me habría girado y le habría sonreído.

—Acompáñame al aeropuerto, pasemos juntos todo el tiempo que podamos…

Pero eso sólo ocurrió en mi mente.

Y cerrar la puerta de su piso se sintió como un final anticipado.

De vuelta a casa, era tan temprano que no podía llamar a Nadia. Tenía que procesar todo lo que había pasado con un cerebro que apenas había dormido y las emociones a flor de piel.

Miré el teléfono durante todo el trayecto hasta mi cama, como si pudiera atraer un mensaje solo con mi perseverancia.

Me costó dormirme.

Recordaba el beso y me ruborizaba.

Recordaba lo demás y se me revolvían las tripas.

Me despertó la alarma. Apenas pude abrir los ojos porque la persiana estaba subida. Me levanté rápido y me metí en la ducha. Mientras me secaba escuché sonar el teléfono. Fui corriendo y la toalla se me deslizó hasta el suelo.

—Mamá. Hola. Un momento… que me acabo de duchar.

Recogí la toalla y me la enrollé en el cuerpo con torpeza.

—He visto tu mensaje ¿Ha pasado algo?

—No, solo que quiero ir.

—¿Y el trabajo?

—Puedo hacerlo desde allí. Para algo tiene que servir teletrabajar… ¿Te pillo bien?

—Sí, sí… Solo que —se detuvo unos segundos— me parece raro. Siempre te tengo que insistir tanto…

—Mi tren sale en un par de horas, ¿me vienes a buscar?

—Ah, ¿pero ya? ¡Claro!, claro que voy.

—Genial. Luego te digo a la hora exacta a la que llegaré.

—Pero, Bruna, estás bien, ¿no?

—Sí, mamá.

Preparé una maleta con la mitad de ropa sucia. Me aseguré de llevar el ordenador y los cargadores. Recogí un poco el piso, fregué los platos y preparé la basura para llevármela. Me senté un momento en el sofá a repasar si me dejaba algo.

«Este no era el día que esperaba después de besarle», pensé.

Quería saber de él pero no tenía claro cómo se suponía que debía comportarme ahora. Si le escribía como amiga, iba a querer que me contestara como algo más. Y si le escribía como algo más, iba a molestarme que me contestara como amigo.

Había visto de pasada unos mensajes suyos en los que me decía que ya estaba de camino al hospital. Y me moría por contestarle, pero no se me ocurría otra cosa que volver a decirle que me avisara cuando supiera algo. Era ridículo repetir lo mismo.

Nadia me llamó cuando estaba en el taxi.

—Hola.

—Ni un mensaje.

—Ya. Han pasado cosas… Estoy llegando a Atocha.

—¿Te vas? ¿Tan mal fue la cosa?

Me reí.

—Tan mal que nos besamos.

—Entonces… fatal.

—Sí.

Nos reímos.

—¿Dónde te vas?

—A casa.

—¿Por lo que hablamos?

—Sí. Tengo que hacerlo ya.

—Esa es mi Bruna… Haciéndolo todo a la vez. ¿Necesitas algo?

—Ánimos. Y alguna videollamada estos días.

—¡Hecho! Mucho ánimo. Todo irá bien… mejor de lo que crees. Estoy segura.

—Gracias. Tengo cosas por colocar.

—¿Y Lore? ¿Encaja por ahí?

—Pues ya veremos… se ha quedado todo en el aire.

—Cuéntame…

Explicarle las cosas a Nadia se sentía como poner mis preocupaciones en un escaparate y verlas con cierta distancia.

—No creo que esto se quede así…

—Hay algunas cosas que no sabes y tampoco te puedo contar pero existe una posibilidad de que Lore se quede allí…

—¿Para siempre?

—Sí.

—Eso es un lío…

—Creo que prefiero no pensarlo.

Mentí. Darle vueltas a todo era mi especialidad aunque me empeñara en minimizarlo.

—Supongo que te vendrá bien salir de Madrid.

—Lo necesito.

El tren llegó puntual y mi madre antes. Cuando la vi, mi corazón se desbocó. La abracé y noté como mi cuerpo se desinflaba. Estaba exhausta de gestionar mi propia vida pero mientras lo hacía no era consciente de lo que necesitaba que alguien me sostuviera.

—¡Me vas a ahogar! —bromeó— Vamos… que he aparcado en el parking.

—¡Lo pago yo!

—¡Qué va! ¿Has comido algo? He hecho tortilla…

—Tengo mucha hambre.

—Toma. Aún te gustan, ¿no?

Me ofreció un pequeño tupper con galletitas saladas.

Sonreí.

En el coche la cosa se puso un poco más seria.

—Te noto los ojos tristes…

—Es que he dormido poco esta noche. Estoy cansada.

—Pues sabes que tu hermano va a venir también… En un par de días.

—No lo sabía…

Debía darme prisa si quería aclarar con mi madre todo lo que teníamos pendiente. El problema era que no sabía cómo empezar. Sentía que no podía demorar demasiado el verdadero propósito de la visita y que era urgente poner las cartas sobre la mesa para girarlas lo antes posible. Pero mi madre estaba tan contenta de verme, me había hecho mi cena favorita, íbamos a estar contándonos cosas hasta las tantas, como solíamos hacer, y me invadía la cobardía. Aunque sabía que ninguno de nuestros planes iba a sentirse genuino si mi mente estaba en otro lugar.




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