Capítulo 1. Bullying: El comienzo de una pesadilla
Manoplas había aprendido una lección muy pronto en aquel instituto: ser diferente era como llevar un blanco pintado en la espalda.
Era un omega tímido, reservado y de mirada casi siempre baja. Caminaba por los pasillos procurando ocupar el menor espacio posible, como si pudiera desaparecer entre las sombras de los casilleros. Cada mañana tenía una única misión: llegar a clase sin llamar la atención y regresar a casa sin convertirse en el blanco de nuevas burlas.
En aquel instituto, los alfas dominaban los espacios comunes. Eran los más populares, los que ocupaban las mesas centrales del comedor, organizaban las fiestas y parecían tener permiso para hacer cualquier cosa. Los omegas, en cambio, debían soportar comentarios, miradas y prejuicios de quienes se consideraban superiores por su condición.
Manoplas nunca había entendido por qué ser omega tenía que convertirlo en alguien inferior.
No había elegido nacer así. Tampoco había pedido ser tímido, tener una voz suave o sentirse incómodo cuando demasiadas personas lo observaban. Sin embargo, aquellas características parecían suficientes para que algunos compañeros lo consideraran un blanco fácil.
Y había alguien que jamás le permitía pasar desapercibido.
Lolo.
Era el ejemplo perfecto del alfa popular: seguro de sí mismo, atractivo, carismático y acostumbrado a conseguir todo lo que quería. Siempre estaba rodeado de amigos y admiradores que celebraban sus bromas, incluso cuando estas consistían en humillar a otra persona.
Tenía una habilidad especial para convertir cualquier situación en un espectáculo. Y su víctima favorita era Manoplas.
Todo había comenzado con pequeñas burlas.
Al principio eran comentarios lanzados al pasar, imitaciones de su manera de hablar y risitas cada vez que entraba en el aula. Manoplas intentaba convencerse de que no tenían importancia. Se repetía que, si no respondía, tarde o temprano acabarían cansándose.
Pero no ocurrió.
Las bromas se transformaron poco a poco en humillaciones. Lolo comenzó a esconderle los apuntes, a interponerse en su camino y a interrumpirlo durante las clases con comentarios calculados para provocar las carcajadas de sus amigos.
—¿Otra vez tú, Manoplas? —preguntaba con una sonrisa burlona—. Parece que no sabes caminar sin estorbar.
—Perdona —murmuraba el omega, apartándose.
—¿Lo habéis oído? ¡Hasta para pedir perdón tiene voz de ratoncito!
Los amigos de Lolo estallaban en carcajadas.
Manoplas apretaba los labios y continuaba caminando. No quería darles la satisfacción de verlo llorar. Sin embargo, cada comentario se quedaba dentro de él, acumulándose como pequeñas piedras que hacían cada vez más difícil respirar.
No respondía porque tenía miedo.
Miedo de que, si se defendía, Lolo encontrara una excusa para ensañarse todavía más. Miedo de que sus amigos se unieran a las burlas. Miedo de quedarse completamente solo.
Y, sobre todo, miedo de que nadie hiciera nada.
Los profesores tampoco ayudaban demasiado. Algunos no se daban cuenta de lo que sucedía; otros preferían mirar hacia otro lado. Cuando Manoplas intentaba explicar alguna situación, recibía respuestas que apenas solucionaban nada.
—No hagas caso. Son cosas de adolescentes.
O bien:
—Tienes que aprender a defenderte.
Pero ¿cómo podía defenderse de alguien que parecía tener a todo el instituto de su parte?
Cada mañana, Manoplas despertaba con un nudo en el estómago. Antes incluso de levantarse, miraba el reloj y deseaba que, por algún motivo, aquel día no tuviera que ir a clase.
A veces permanecía sentado en el borde de la cama, con los pies descalzos sobre el suelo y la mochila preparada junto a la puerta. Se quedaba mirando sus zapatos, intentando reunir las fuerzas necesarias para comenzar otra jornada.
—Vamos, cariño. Vas a llegar tarde —lo llamaba su madre desde la cocina.
—Ya voy, mamá.
Su madre no sabía lo que ocurría realmente. Manoplas siempre procuraba ocultarle sus problemas. Ella ya tenía suficientes preocupaciones y él no quería convertirse en una carga más.
Cuando finalmente salía de su habitación, fingía estar bien.
—¿Has dormido bien? —preguntaba ella mientras preparaba el desayuno.
—Sí, mamá.
—Últimamente estás muy callado.
—Estoy cansado, nada más.
Su madre lo observaba durante unos segundos, como si quisiera preguntarle algo más, pero Manoplas desviaba la mirada y se concentraba en su desayuno.
No quería preocuparla.
Después de comer apenas unas cucharadas, recogía sus cosas y salía hacia el instituto.
El camino hasta su aula se había convertido en una carrera de obstáculos. Había aprendido qué escaleras debía evitar, cuáles eran los pasillos menos concurridos y a qué hora solía reunirse Lolo con sus amigos.
Incluso había cambiado de sitio en la biblioteca para no coincidir con ellos durante los descansos.
Su mundo se había reducido a una sucesión de estrategias para evitar a una sola persona.
Y, aun así, Lolo siempre conseguía encontrarlo.
Una mañana, mientras Manoplas caminaba hacia su taquilla, escuchó una voz conocida a su espalda.
—¡Eh, Manoplas!
Se detuvo inmediatamente.
No quería girarse, pero sabía que ignorarlo podía empeorar las cosas. Respiró hondo antes de darse la vuelta.
—¿Qué quieres, Lolo? —preguntó en voz baja.
El alfa se acercó acompañado de dos amigos. Llevaba aquella sonrisa burlona que Manoplas había aprendido a reconocer demasiado bien.
—Vaya, hoy parece que tenemos un omega con carácter.
—Solo quiero llegar a clase.
—Pues tendrás que esperar.
Lolo se colocó delante de él, bloqueándole el paso. Manoplas intentó apartarse hacia la derecha, pero uno de los amigos del alfa hizo lo mismo, impidiéndole avanzar.
—¿Adónde vas con tanta prisa? —preguntó Lolo.