Capítulo 29. Cuando las cenizas encuentran su hogar
El final de una maldición y el comienzo de una nueva vida
El amanecer se filtraba entre las ruinas del pueblo abandonado como una cortina de luz grisácea. Una niebla espesa cubría las calles desiertas y se enredaba entre los restos de las antiguas viviendas. El viento recorría los tejados derrumbados, produciendo un sonido que parecía el último suspiro de un lugar que llevaba demasiado tiempo esperando descansar.
Manoplas caminaba despacio junto a Lolo.
El alfa todavía sufría las consecuencias de la herida que había recibido durante el enfrentamiento de la noche anterior. Aunque había recibido atención médica, el dolor seguía presente y cada movimiento le recordaba lo ocurrido. Intentaba caminar con normalidad, pero de vez en cuando una mueca delataba su malestar.
—Deberías descansar —dijo Manoplas, observándolo de reojo.
—Ya he descansado bastante.
—No parece que puedas caminar sin quejarte.
—No me estoy quejando.
—Tienes una cara que dice lo contrario.
Lolo soltó una pequeña risa.
—No sabía que ahora también eras médico.
—No hace falta ser médico para darse cuenta de que estás herido.
El alfa sonrió, pero no respondió.
Ambos continuaron caminando. Después de todo lo sucedido, el silencio entre ellos ya no resultaba tan incómodo. Habían descubierto secretos familiares, se habían enfrentado a una entidad sobrenatural y habían estado a punto de perder la vida.
Sin embargo, todavía quedaba algo por hacer.
El espíritu quería recuperar sus cenizas.
Y Manoplas estaba decidido a terminar con aquella historia.
El reposo de las cenizas
Al llegar a la casona principal, encontraron al anciano cuidador esperándolos.
Estaba sentado junto a una piedra plana. Sobre ella descansaba un pequeño recipiente cilíndrico cubierto por un paño de lino envejecido.
Manoplas se detuvo.
—¿Qué es eso?
El anciano levantó la mirada.
—Lo que habéis venido a buscar.
El omega se acercó lentamente.
—¿Son las cenizas?
El cuidador asintió.
—Las he protegido durante generaciones. Mi familia recibió la responsabilidad de custodiar estos restos y evitar que desaparecieran antes de que llegara el momento de cumplir la promesa.
Lolo observó el recipiente.
—¿Por qué no se las devolvisteis antes?
El anciano suspiró.
—Porque no bastaba con encontrar el lugar donde debían descansar. La promesa estaba incompleta y el espíritu seguía aferrado a su rencor. Nadie había conseguido llegar hasta aquí con la voluntad de terminar aquello sin someterse a sus exigencias.
Manoplas recordó las palabras del cuidador durante su primera visita.
El espíritu necesitaba la voluntad de Lolo. Quería que un descendiente de la familia que había roto la promesa se entregara para cerrar la deuda.
Pero ahora empezaba a comprender que aquella exigencia no era necesariamente la única manera de terminar con la maldición.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó.
—Llevar las cenizas hasta el viejo naranjo y devolverlas a la tierra donde comenzó la promesa.
Lolo miró hacia el árbol.
—¿Y después?
—Después, el espíritu podrá descansar.
El anciano retiró lentamente el paño.
El recipiente estaba deteriorado, pero todavía conservaba parte de su forma original. Manoplas lo recogió con ambas manos. El frío del metal le recorrió las palmas.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Recordó el momento en que había aceptado el pacto. Entonces estaba desesperado, convencido de que no le quedaba nada y dispuesto a utilizar cualquier fuerza que pudiera ayudarlo a dejar de sentirse indefenso.
Había creído que el poder sería su salvación.
Sin embargo, había terminado convirtiéndose en otra cadena.
—¿Estás preparado? —preguntó Lolo.
Manoplas lo miró.
—No lo sé.
—No tenemos que hacerlo todo deprisa.
El omega observó el recipiente.
—He llegado demasiado lejos para detenerme ahora.
El anciano inclinó la cabeza.
—Entonces id. El árbol os está esperando.
El viejo naranjo
El camino hasta el naranjo estaba cubierto de hierbas y ramas secas.
Manoplas caminaba con el recipiente entre las manos, procurando no tropezar. Lolo avanzaba a su lado, todavía algo dolorido, pero decidido a acompañarlo hasta el final.
Cuando llegaron, el viejo árbol parecía más imponente que nunca.
Su tronco estaba retorcido y algunas de sus ramas se habían secado, pero seguía en pie. Había resistido el incendio, el abandono y el paso de los años.
Manoplas levantó la mirada.
Recordó la fotografía que había encontrado entre los documentos antiguos. Recordó también los sueños en los que el árbol aparecía envuelto en llamas y aquella voz que le pedía que no permitiera que lo destruyeran.
Ahora comprendía que aquel lugar era mucho más que una pista para resolver un misterio.
Era el centro de una promesa que había sobrevivido a todos los que participaron en ella.
—Es aquí —murmuró.
Lolo se colocó a su lado.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Manoplas se arrodilló junto a las raíces.
Dejó el recipiente sobre la tierra y comenzó a cavar con las manos. La humedad había endurecido el suelo, y las pequeñas piedras dificultaban el trabajo. Lolo se agachó para ayudarlo, aunque el movimiento le provocó una punzada en el costado.
—Ten cuidado con la herida —advirtió Manoplas.
—Puedo ayudarte.
—No quiero que vuelvas a hacerte daño.
—Entonces deja de intentar hacerlo todo tú solo.
Manoplas lo miró durante unos segundos y finalmente aceptó su ayuda.
Entre los dos consiguieron abrir un hueco suficientemente profundo.
El omega tomó el recipiente.
—Aquí es donde debes descansar —susurró.
Lo depositó cuidadosamente en el fondo.
Por primera vez desde que había comenzado aquella búsqueda, sintió que estaba a punto de terminar algo sin recurrir a la violencia.