Saga - Lágrimas en silencio

28- El guardián de la promesa

Capítulo 28. Una vida que no se entrega

La voluntad de un heredero frente a una maldición ancestral

El pueblo abandonado parecía haberse despertado de su letargo secular. Bajo las ráfagas de un viento helado, los esqueletos de las viviendas crujían y una energía opresiva recorría los cimientos calcinados. Las sombras de los árboles se proyectaban sobre las paredes derruidas, mientras una niebla espesa comenzaba a cubrir los caminos.

Manoplas y Lolo permanecían frente a la figura espectral.

El espíritu los observaba con una expresión de impaciencia. Sus ojos brillaban como brasas y su silueta parecía más sólida que en sus anteriores apariciones. La energía que desprendía hacía vibrar las piedras que cubrían el suelo.

—Habéis llegado hasta las entrañas de la ruina —dijo con una voz áspera—. Ya no hay escapatoria. Solo queda cerrar el ciclo que comenzó aquella noche.

Manoplas apretó los puños.

—Basta de acertijos. Llevamos demasiado tiempo siguiendo tus pistas. Queremos saber exactamente qué necesitas de nosotros.

El espíritu inclinó ligeramente la cabeza.

—La verdad no siempre es fácil de aceptar.

—No necesito que decidas qué puedo soportar. Necesito respuestas.

Lolo se colocó a su lado.

—Y yo también. Mi familia está involucrada en todo esto y no pienso seguir viviendo entre secretos.

La entidad dirigió sus ojos hacia el alfa.

—Tu sangre lleva una deuda que nunca fue saldada.

—Ya lo has dicho antes. Pero todavía no has explicado qué esperas que haga.

El espíritu levantó un brazo y señaló hacia una construcción secundaria, medio devorada por la maleza, situada detrás de la casona principal.

—Allí encontraréis al guardián de las cenizas. Él conoce el último fragmento de la promesa.

Manoplas miró hacia el edificio.

—¿Quién es?

—Alguien que ha esperado demasiado tiempo.

La figura comenzó a desvanecerse.

—¡Espera! —exclamó Lolo—. ¡No hemos terminado de hablar!

Pero el espíritu desapareció antes de que pudiera añadir nada.

Manoplas soltó el aire que había estado conteniendo.

—Parece que tendremos que ir a buscar a ese guardián.

—No me gusta nada todo esto —admitió Lolo.

—A mí tampoco.

Se miraron durante unos segundos y comenzaron a caminar hacia la construcción.

El cuidador del tiempo

El edificio estaba apartado de la casona principal. Sus paredes eran más pequeñas y estaban cubiertas de hiedra, aunque la estructura parecía haber resistido mejor el paso de los años.

La puerta de madera estaba hinchada por la humedad y los pestillos oxidados impedían abrirla.

Manoplas levantó una mano.

La cerradura vibró y, después de unos segundos, saltó por los aires.

—Podrías haber llamado —comentó Lolo, intentando aliviar la tensión.

—No creo que nos estuvieran esperando para tomar el té.

El alfa dejó escapar una pequeña sonrisa.

Entraron.

El interior estaba casi vacío. Una mesa de piedra ocupaba el centro de la estancia y, detrás de ella, había una figura encorvada.

Era un anciano de rostro arrugado y mirada vidriosa. Sus manos descansaban sobre la mesa y su ropa parecía tan antigua como las paredes que lo rodeaban.

Manoplas se detuvo.

—¿Quién eres?

El anciano levantó lentamente la cabeza.

—Por fin os dignáis a venir.

—¿Nos estabas esperando? —preguntó Lolo.

—Durante mucho tiempo.

El cuidador observó primero a Manoplas y después al alfa.

—Tú eres quien ha aceptado el poder de las cenizas. Y tú eres el descendiente de la familia que rompió la promesa.

Lolo frunció el ceño.

—¿Cómo sabes quiénes somos?

—Porque mi familia ha custodiado este lugar durante generaciones. Mi tarea siempre fue proteger lo que quedó después del incendio.

Manoplas se acercó a la mesa.

—El espíritu nos ha enviado aquí. Dice que conoces el último fragmento de la promesa.

El anciano asintió.

—Fui el custodio de las cenizas. Mi estirpe recibió el encargo de proteger los restos que dejó aquella tragedia y mantener viva la memoria del pacto.

—¿Qué pacto? —preguntó Lolo.

El anciano suspiró.

—El espíritu quedó unido a este pueblo por una promesa que nunca llegó a cumplirse. La familia de Lolo tuvo una responsabilidad directa en aquella ruptura. Sus antepasados conservaron algo que debía haber sido devuelto.

—¿El objeto maldito? —preguntó Manoplas.

—Eso es lo que el espíritu quiere recuperar.

Lolo se apoyó en el borde de la mesa.

—¿Y qué tiene que ver conmigo? Yo no he robado nada.

—No se trata únicamente de lo que hicieron tus antepasados. El vínculo continúa porque la deuda nunca fue reconocida ni saldada.

—Entonces que se enfrente a ellos. Yo no tengo nada que ver.

El anciano lo miró con tristeza.

—Eso mismo podría haber dicho cualquiera de tus antepasados.

Lolo apartó la mirada.

Manoplas intervino antes de que la conversación se convirtiera en una discusión.

—¿Qué necesita de él el espíritu?

El cuidador permaneció unos instantes en silencio.

—Su voluntad.

El omega frunció el ceño.

—Explícate.

—La promesa quedó quebrada por el orgullo de aquella familia. Para cerrar el círculo, el espíritu necesita que un descendiente de esa misma sangre acepte voluntariamente completar lo que sus antepasados dejaron pendiente.

Lolo sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

—¿Qué significa aceptar?

El anciano lo miró directamente a los ojos.

—Significa entregar tu voluntad al espíritu. Renunciar al dominio de tu propia alma y quedar unido a él para siempre.

El silencio cayó sobre la habitación.

—¿Estás diciendo que tendría que dejar de ser yo mismo? —preguntó Lolo.

—Eso es lo que exige la entidad.

El alfa retrocedió.

—¡Ni hablar! No voy a entregar mi vida para satisfacer a un monstruo.



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En el texto hay: drama, terror, omega verse

Editado: 07.11.2026

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