Capítulo 30. Lo que queda después
Aprender a vivir sin cadenas y descubrir que siempre existe la posibilidad de empezar de nuevo.
El camino de regreso a la ciudad transcurrió en un silencio tranquilo, muy diferente de la tensión que los había acompañado durante su viaje al pueblo abandonado.
Manoplas caminaba con las manos enterradas en los bolsillos del abrigo. A su lado, Lolo avanzaba despacio, todavía afectado por la herida del costado. Ninguno parecía tener demasiadas ganas de hablar.
Habían conseguido terminar con el pacto. Las cenizas descansaban bajo el viejo naranjo y el espíritu había desaparecido. Manoplas ya no tenía poderes y, por primera vez en mucho tiempo, no sentía aquella presencia observándolo desde las sombras.
Sin embargo, mientras contemplaba cómo los campos iban dejando paso a los edificios de la ciudad, comprendió que todavía quedaban muchas cosas por resolver.
Había conseguido liberarse del espíritu, pero no de sus recuerdos.
Y tampoco podía borrar todo lo que había hecho mientras estuvo bajo su influencia.
La maldición había terminado.
Su historia, en cambio, continuaba.
El peso de volver a ser uno mismo
Al llegar a casa, Manoplas dejó las llaves sobre una pequeña mesa y se quedó inmóvil en mitad del salón.
Todo estaba exactamente como lo había dejado.
Los muebles, las fotografías y algunos objetos de su madre permanecían en el mismo sitio. La ausencia de ella seguía siendo tan evidente que, en ocasiones, le costaba respirar con normalidad.
Se acercó lentamente a una fotografía familiar.
Su madre aparecía sonriendo, con un brazo alrededor de sus hombros. Manoplas recordó las tardes en las que ella todavía podía prepararle la merienda, las conversaciones antes de dormir y las promesas que le había hecho cuando su enfermedad comenzó a avanzar.
—Te echo de menos, mamá —susurró.
Una lágrima recorrió su mejilla.
Durante el pacto había llegado a olvidar detalles de aquellos momentos. El poder había consumido parte de sus recuerdos felices y había dejado huecos que no sabía si algún día podría recuperar.
Ahora, sin embargo, empezaba a sentir de nuevo el peso de todo aquello.
La tristeza regresaba.
Y, aunque dolía, también significaba que todavía podía emocionarse al recordar a las personas que había perdido.
Aquella noche abrió las carpetas de su teléfono y encontró los mensajes del repartidor de pizzas.
Durante varios minutos permaneció mirando la pantalla.
Había conversaciones sencillas, bromas, fotografías de pedidos y mensajes de buenas noches. En algunos audios todavía podía escuchar su voz.
Manoplas pulsó uno de ellos.
—Hoy he tenido un día horrible, pero hablar contigo me lo ha mejorado bastante. Mañana te cuento otra cosa. Descansa, ¿vale?
El omega cerró los ojos.
Por un instante volvió a imaginarlo delante de su puerta, con su uniforme de repartidor y aquella sonrisa que había conseguido hacerle olvidar sus problemas.
Recordó el último mensaje.
«En cuanto termine este último pedido, te escribo. Tengo algo importante que contarte. Espérame un poco».
Nunca llegó aquel mensaje.
Manoplas dejó el teléfono sobre la cama y se cubrió el rostro con las manos.
Lloró durante un largo rato.
No solamente por el joven que había perdido, sino también por su madre, por su infancia, por todas las oportunidades que nunca había tenido y por la persona en la que se había convertido.
Había pasado tanto tiempo intentando no sentir nada que había olvidado lo que significaba llorar sin miedo.
Aquella noche no intentó detener las lágrimas.
Las consecuencias de Lolo
Mientras tanto, Lolo también intentaba acostumbrarse a su nueva realidad.
Su regreso al instituto no había sido sencillo. Aunque había dejado de acosar a Manoplas y había empezado a cambiar su comportamiento, muchos compañeros seguían recordando perfectamente lo que había hecho.
Algunos le retiraban la palabra.
Otros lo miraban con desprecio.
Y había quienes aprovechaban cualquier oportunidad para recordarle que su arrepentimiento no borraba los años de crueldad.
Lolo había aprendido a no responder con arrogancia.
Una mañana, mientras caminaba por el pasillo, escuchó a dos estudiantes hablando cerca de las taquillas.
—Ahora va de buena persona —comentó uno.
—Después de todo lo que hizo, no sé cómo puede mirar a los demás a la cara.
Lolo escuchó cada palabra.
Durante unos segundos sintió la tentación de defenderse, de explicar que estaba intentando cambiar y que ya no era el mismo.
Pero terminó bajando la mirada y continuó caminando.
Sabía que no tenía derecho a exigir que los demás confiaran en él.
También había tenido una conversación pendiente con su primo. La manipulación que había ejercido sobre él para acercarlo a Manoplas seguía siendo una de las cosas que más le avergonzaban.
—No debiste utilizarme —le había dicho su primo—. Sabías que quería ayudarlo y te aprovechaste de eso.
Lolo no intentó negarlo.
—Lo sé.
—¿Y ahora qué? ¿Esperas que todo se solucione porque te arrepientes?
—No. Solo quería que supieras que entiendo lo que hice.
Su primo lo observó con decepción.
—Espero que esta vez seas sincero.
Lolo asintió.
No sabía si conseguiría recuperar aquella relación, pero estaba dispuesto a aceptar las consecuencias.
Por primera vez, comprendía que cambiar no consistía en conseguir que los demás volvieran a quererlo.
Consistía en dejar de hacer daño, incluso cuando nadie estuviera mirando.
Una invitación inesperada
Pasaron varias semanas.
Manoplas empezó a recuperar algunas rutinas. Volvió a salir a caminar, ordenó las cosas de su madre y trató de dedicar tiempo a actividades que había abandonado durante los meses más oscuros.