Saga - Lágrimas en silencio

12- Un rey sin corona

Capítulo 12. La caída de Lolo

Cuando el rey se quedó solo

Durante años, Lolo había sido el rey indiscutible del instituto. Su condición de alfa dominante, su popularidad y el miedo que inspiraba entre los demás estudiantes le habían permitido hacer prácticamente todo lo que quería sin sufrir consecuencias.

Nadie se atrevía a enfrentarse a él. Sus amigos siempre estaban de su parte, los profesores preferían no meterse en sus asuntos y los alumnos más débiles habían aprendido a apartarse de su camino para evitar convertirse en sus próximas víctimas.

Entre todas ellas, Manoplas había sido su objetivo favorito.

Durante mucho tiempo, el omega había soportado sus burlas, sus humillaciones y sus amenazas en silencio. Lolo disfrutaba viéndolo agachar la cabeza, recoger los libros del suelo y marcharse con lágrimas en los ojos. Estaba convencido de que Manoplas jamás sería capaz de plantarle cara.

Pero todo había cambiado.

Desde que Manoplas había regresado al instituto con sus poderes sobrenaturales, la autoridad de Lolo había empezado a desmoronarse. La demostración que había presenciado todo el mundo había dejado una pregunta flotando en el ambiente: ¿y si el antiguo omega indefenso ya no tenía miedo?

Y, por primera vez, los estudiantes comenzaron a preguntarse si Lolo merecía realmente la admiración que había recibido durante tantos años.

El principio del fin

Los cambios no sucedieron de un día para otro. Al principio fueron pequeños detalles que Lolo apenas quiso reconocer.

Sus compañeros dejaron de reírse de todas sus bromas. Algunos empezaron a evitarlo durante los descansos y otros fingían estar ocupados cuando lo veían acercarse.

Aquello le resultaba incomprensible.

Una mañana, mientras caminaba por el pasillo acompañado de dos de sus amigos, observó cómo un grupo de estudiantes se apartaba para dejar pasar a Manoplas.

El omega avanzaba tranquilamente, con las manos en los bolsillos y una expresión seria. Nadie se atrevía a molestarlo. Algunos lo miraban con curiosidad y otros bajaban la mirada cuando sus ojos se cruzaban con los suyos.

Lolo apretó los dientes.

—¿Ahora resulta que todos quieren hacerse amigos de ese inútil? —murmuró.

Uno de sus acompañantes no respondió.

—Te estoy hablando —insistió Lolo.

—Ya te he oído.

—Pues contesta.

El muchacho suspiró.

—Quizá deberías dejarlo tranquilo.

Lolo se detuvo en seco.

—¿Qué has dicho?

—Que lo de Manoplas ya ha llegado demasiado lejos. No quiero problemas con él.

Lolo lo miró con incredulidad.

—¿Tú también le tienes miedo?

—No es eso.

—Entonces, ¿qué?

—Que estoy cansado de tus peleas.

El chico continuó caminando, dejando a Lolo atrás.

Por primera vez, uno de sus amigos había decidido marcharse sin esperar su permiso.

Aquello le dolió más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Sus amigos le dan la espalda

La situación empeoró durante los días siguientes.

En los vestuarios, después de una clase de educación física, Lolo intentó recuperar el control de su grupo.

Estaba sentado en uno de los bancos, con los brazos cruzados y el rostro tenso. A su alrededor se encontraban varios compañeros que solían acompañarlo a todas partes.

Sin embargo, ninguno parecía tener ganas de hablar.

—¿Qué os pasa últimamente? —preguntó Lolo.

Nadie respondió.

—¿Es que ahora os habéis quedado todos mudos?

Uno de los chicos cerró su taquilla y se volvió hacia él.

—Lolo, tenemos que hablar.

—Pues habla.

—Lo de Manoplas tiene que terminar.

Lolo soltó una carcajada seca.

—¿Otra vez con ese tema?

—No es una broma.

—¿Y desde cuándo te importa tanto?

—Desde que he empezado a darme cuenta de cómo lo tratabas.

La expresión de Lolo cambió.

—¿Perdona?

—Lo humillabas delante de todo el mundo. Le quitabas sus cosas, te burlabas de él y hacías que los demás también se metieran con él.

—Era una broma.

—Para ti, quizá.

El silencio se volvió incómodo.

—Además —continuó el muchacho—, ahora tiene poderes. No pienso meterme en una pelea con alguien así por defender tus tonterías.

Lolo se levantó bruscamente.

—¿Me estás diciendo que prefieres ponerte de su lado?

—Estoy diciendo que no quiero seguir participando en esto.

El chico recogió su mochila y salió de los vestuarios.

Los demás comenzaron a marcharse también.

Lolo permaneció inmóvil, observando cómo uno tras otro abandonaban la habitación.

Cuando se quedó solo, golpeó una taquilla con el puño.

—Cobardes… Todos sois unos cobardes.

Pero sus palabras no consiguieron llenar el silencio.

El rey sin corona

La pérdida de popularidad empezó a notarse en todos los rincones del instituto.

Antes, Lolo podía sentarse en cualquier mesa del comedor y encontrar sitio a su alrededor. Ahora, cuando entraba en la cafetería, los estudiantes continuaban con sus conversaciones como si no lo hubieran visto.

Algunos incluso cambiaban de mesa.

Una mañana, decidió sentarse con un grupo de alumnos que conocía desde hacía años.

—Apartaos un poco —ordenó, dejando la bandeja sobre la mesa.

Uno de ellos lo miró con incomodidad.

—Estamos esperando a alguien.

—¿Y?

—Que hemos quedado con él.

Lolo miró las sillas vacías.

—Hay sitio de sobra.

—Pero preferimos estar tranquilos.

La respuesta lo dejó sin palabras durante unos segundos.

Finalmente, agarró su bandeja y se marchó.

Se sentó solo junto a una ventana.

Desde allí podía observar el patio, donde los estudiantes conversaban y reían. Todo seguía igual que antes, salvo por un detalle: él ya no formaba parte de aquel mundo.

Su teléfono permanecía silencioso. Los mensajes que antes recibía constantemente habían desaparecido y nadie parecía necesitar su compañía.



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En el texto hay: drama, terror, omega verse

Editado: 07.11.2026

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