Capítulo 3. Una muerte inesperada
Una promesa que nunca llegó a cumplirse.
La frágil luz que había comenzado a colarse en la vida de Manoplas se extinguió de golpe, devorada por una sombra que ninguna puerta cerrada pudo impedir.
Durante meses, Manoplas había vivido encerrado en su habitación. El instituto se había convertido en una pesadilla, los pasillos estaban llenos de miradas crueles y las palabras de Lolo y sus amigos seguían persiguiéndolo incluso cuando regresaba a casa. Había aprendido a evitar las ventanas, a no contestar las llamadas y a fingir que no le importaba estar solo.
Sin embargo, algo había cambiado.
Un joven repartidor de pizzas había conseguido acercarse a él de una manera que nadie había logrado antes. Al principio, sus encuentros eran breves: una entrega en la puerta, unas palabras amables y una sonrisa antes de marcharse. Después llegaron las conversaciones, los mensajes y las llamadas que se prolongaban hasta altas horas de la noche.
Poco a poco, aquel muchacho se había convertido en alguien especial.
Con él, Manoplas podía hablar sin miedo a ser juzgado. No tenía que esconder su timidez ni fingir que era una persona diferente. El repartidor escuchaba sus problemas, le contaba anécdotas de su trabajo y siempre encontraba alguna manera de hacerlo reír.
Por primera vez en mucho tiempo, Manoplas esperaba con ilusión que llegara el día siguiente.
Había empezado a creer que quizá su vida podía mejorar.
Pero el destino tenía otros planes.
La última conversación
Era una tarde de otoño. Afuera, el cielo estaba cubierto de nubes y una lluvia fina comenzaba a mojar las calles. Manoplas estaba sentado en su cama, con el teléfono entre las manos, esperando noticias de su amigo.
Habían hablado durante la mañana, pero el repartidor tenía que trabajar aquella tarde y le había explicado que probablemente estaría ocupado.
Manoplas intentó distraerse leyendo, aunque no conseguía concentrarse. Cada pocos minutos miraba la pantalla del móvil, esperando encontrar un mensaje nuevo.
Finalmente, el teléfono vibró.
Era él.
—¿Qué haces? —preguntó el repartidor.
Manoplas sonrió inmediatamente.
—Nada. Estoy aburrido.
—¿Otra vez encerrado en tu habitación?
—Sí. ¿Qué quieres que haga?
—Podrías salir un rato.
—Ya sabes que no me gusta.
—Algún día conseguiré convencerte.
—Lo dudo mucho.
—No pierdo la esperanza.
Manoplas soltó una pequeña carcajada. Aquellas conversaciones sencillas se habían convertido en una parte fundamental de sus días.
—¿Y tú qué haces? —preguntó.
—Preparándome para trabajar. Hoy tenemos bastantes pedidos.
—No trabajes demasiado.
—Intentaré no hacerlo.
—Ten cuidado con la moto, ¿vale?
—Siempre lo tengo.
Manoplas se quedó mirando la pantalla durante unos segundos antes de escribir:
—Te voy a echar de menos.
La respuesta llegó enseguida.
—Yo también. Cuando termine de trabajar te cuento algo gordo.
Manoplas se incorporó ligeramente.
—¿Qué cosa?
—Es una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Esta creo que sí.
—Ahora quiero saberlo.
—Pues tendrás que esperar.
—Eres malo.
—Un poquito.
Manoplas sonrió de nuevo. No sabía qué quería contarle, pero aquella pequeña intriga le llenó el pecho de ilusión.
Quizá tenía que ver con ellos dos. Quizá quería proponerle que se vieran fuera de casa. Quizá había preparado algo especial.
No quiso preguntarle más.
—Está bien. Esperaré.
—Prometido. En cuanto termine, te escribo.
—Te estaré esperando.
El repartidor envió un último emoticono y dejó de responder porque tenía que salir a trabajar.
Manoplas dejó el teléfono sobre la cama.
No podía imaginar que aquellas serían las últimas palabras que intercambiarían.
La espera
Las horas fueron pasando lentamente.
Manoplas intentó leer un libro, pero terminó abandonándolo sobre la mesilla. Encendió la televisión y cambió de canal varias veces sin prestar atención a nada. Después abrió una aplicación de música, aunque ninguna canción parecía encajar con su estado de ánimo.
Solo quería recibir aquel mensaje.
Miró el reloj.
Después volvió a mirar el móvil.
Nada.
Al principio no se preocupó demasiado. Sabía que el repartidor tenía bastante trabajo y que algunas noches apenas podía descansar entre entrega y entrega.
Estará ocupado, pensó.
Se levantó para beber agua y regresó a la cama. Comprobó nuevamente la pantalla.
Seguía sin haber mensajes.
Pasó otra hora.
La inquietud empezó a crecer dentro de él. Recordó la lluvia que caía sobre las calles y la preocupación que había expresado antes de que el repartidor saliera.
Ten cuidado con la moto.
Aquellas palabras comenzaron a repetirse en su cabeza.
Intentó convencerse de que no ocurría nada. Quizá había terminado tarde. Quizá estaba hablando con algún compañero. Quizá se había quedado sin batería.
Había muchas explicaciones posibles.
Pero ninguna conseguía tranquilizarlo.
Finalmente, decidió escribirle.
—¿Ya has terminado?
Esperó.
No recibió respuesta.
Unos minutos después envió otro mensaje.
—¿Todo bien?
La pantalla permaneció inmóvil.
Manoplas apretó el teléfono entre las manos y se quedó mirando la conversación. No quería parecer demasiado insistente, así que decidió esperar un poco más.
Sin embargo, aquella noche tenía una sensación extraña. Algo le decía que no todo estaba bien.
Entonces sonó el teléfono.
La llamada que lo cambió todo
Manoplas se sobresaltó.
Miró la pantalla, esperando encontrar el nombre que tantas veces había deseado ver.
Pero era un número desconocido.
Contestó con cierta confusión.
—¿Sí?
Al otro lado se escuchó una voz adulta, seria y desconocida.