Capítulo 27. El origen de la maldición
Las ruinas de un pasado que todavía reclama justicia
La investigación había llegado a un punto muerto. Durante semanas, Manoplas y Lolo habían recorrido archivos, bibliotecas y documentos antiguos en busca de respuestas. Habían encontrado cartas, fotografías, registros familiares y referencias a una propiedad desaparecida, pero ninguna de aquellas pistas conseguía explicar por completo qué había ocurrido en el pueblo abandonado.
Cada documento parecía conducirlos a una nueva pregunta.
El espíritu de las cenizas continuaba ocultando parte de la verdad. Había hablado de una deuda, de un objeto maldito y de una promesa que llevaba décadas esperando ser cumplida. También había dejado claro que la familia de Lolo estaba relacionada con todo aquello.
Manoplas estaba cansado de las medias verdades.
Necesitaba respuestas. Y sabía dónde podía encontrarlas.
—Tenemos que ir al pueblo —dijo una tarde, dejando sobre la mesa los documentos que había estado revisando.
Lolo levantó la mirada.
—¿Estás seguro?
—No. Pero quedarnos aquí tampoco nos va a llevar a ninguna parte.
El alfa observó los papeles durante unos segundos. Entre ellos estaba la fotografía de una antigua construcción de piedra, la misma que había encontrado entre las pertenencias de su familia. Desde que había descubierto aquella imagen, no conseguía dejar de pensar en ella.
—Mi familia sabe más de lo que quiere reconocer —admitió—. Cuando pregunté por el pueblo, mis padres se pusieron nerviosos. Me dijeron que dejara de remover asuntos que ya estaban enterrados.
—Eso significa que tenemos todavía más motivos para ir.
Lolo asintió.
—Entonces iremos juntos.
Manoplas lo miró con cierta desconfianza. Todavía recordaba perfectamente quién había sido Lolo y cuánto daño le había causado. Aunque el alfa había comenzado a cambiar, aquello no significaba que todas sus heridas hubieran desaparecido.
—No confundas que acepte tu compañía con que confíe completamente en ti —advirtió.
—Lo sé —respondió Lolo—. No voy a pedirte que confíes en mí de un día para otro.
Manoplas recogió los documentos.
Por primera vez, ambos estaban a punto de enfrentarse a un enemigo que no pertenecía únicamente a sus respectivos pasados.
Las ruinas del silencio
Salieron temprano por la mañana.
El trayecto fue largo y estuvo acompañado por un silencio incómodo. Lolo conducía mientras Manoplas revisaba una vez más las fotografías y los mapas antiguos. De vez en cuando, el alfa miraba de reojo al omega, pero no encontraba las palabras adecuadas para iniciar una conversación.
Cuando finalmente llegaron, el paisaje que apareció ante ellos parecía pertenecer a otro mundo.
El pueblo estaba prácticamente devorado por la vegetación. Los caminos habían desaparecido bajo las hierbas y los arbustos, las fachadas se encontraban cubiertas de grietas y las ventanas vacías contemplaban el exterior como cuencas sin ojos.
Algunas casas conservaban parte de sus paredes. Otras no eran más que montones de piedras ennegrecidas.
Manoplas bajó del vehículo y contempló el lugar.
Durante unos segundos no dijo nada.
—Es más grande de lo que imaginaba —comentó Lolo, cerrando la puerta.
—Aquí vivían familias enteras —respondió el omega—. Tenían casas, trabajos, problemas, recuerdos... Todo lo que tenemos nosotros.
Caminó unos pasos entre los restos de una antigua calle.
—Y ahora parece que nunca existieron.
Lolo contempló las construcciones derruidas.
—No debió de ser fácil para los supervivientes.
—Ni para los que no sobrevivieron.
La respuesta dejó al alfa en silencio.
Avanzaron por la calle principal, procurando no pisar los fragmentos de cristal y madera que cubrían el suelo. Manoplas llevaba consigo una pequeña mochila con los documentos y una linterna. Lolo había traído una pala pequeña y algunas herramientas por si encontraban algo enterrado.
El primer edificio que reconocieron fue la antigua iglesia.
El tejado se había derrumbado parcialmente y las paredes estaban cubiertas de musgo. En el interior, los bancos de madera se habían descompuesto y el altar estaba rodeado de escombros.
—Quizá encontremos algún registro —dijo Manoplas.
Ambos comenzaron a revisar los restos de la sacristía.
Después de varios minutos, el omega encontró un pequeño libro protegido por una tabla caída. Lo sacó con cuidado y limpió la cubierta con la manga.
Era un registro parroquial.
Sus páginas estaban deterioradas, pero algunas anotaciones todavía podían leerse.
—Mira esto —dijo Manoplas.
Lolo se acercó.
El omega abrió el libro por una página donde aparecían varios nombres escritos a mano. Había fechas de nacimientos, matrimonios y defunciones. Algunas anotaciones estaban tachadas y otras habían quedado prácticamente ilegibles.
Entonces Lolo se quedó inmóvil.
—Espera.
Manoplas levantó la mirada.
—¿Qué pasa?
El alfa señaló una de las anotaciones marginales.
Allí aparecía su apellido.
—Es el mío —murmuró.
Manoplas volvió a leerlo.
—¿Estás seguro?
—Completamente. Es el apellido de mi familia.
Lolo pasó los dedos cerca de la inscripción, sin llegar a tocarla.
—No entiendo qué hacía aquí.
—Quizá alguno de tus antepasados vivió en este pueblo.
—Eso parece.
El alfa observó nuevamente el registro. Por primera vez, la relación entre su familia y aquel lugar dejaba de ser una sospecha.
Manoplas cerró cuidadosamente el libro.
—Tenemos que averiguar quién era.
—Y por qué mi familia nunca nos habló de esto.
Guardaron el registro en la mochila y continuaron explorando.
El cementerio y la sombra
El camino que bordeaba la iglesia conducía hasta el antiguo cementerio.
Era un lugar pequeño, rodeado por una verja oxidada que había terminado inclinándose hacia un lado. Las lápidas estaban cubiertas de musgo y algunas habían caído al suelo. Otras permanecían parcialmente enterradas.