Capítulo 23. Las consecuencias
Cuando el pasado llama a la puerta, nadie puede esconderse para siempre
El arrepentimiento que comenzaba a crecer en el interior de Lolo no tenía el poder de borrar el pasado. Aunque las capas de su soberbia se habían desmoronado y empezaba a comprender el alcance real de su crueldad, las consecuencias de sus actos se acercaban con una precisión implacable.
Durante demasiado tiempo había gobernado los pasillos del instituto bajo el amparo de una impunidad casi absoluta. Su popularidad, su carácter dominante y el miedo que inspiraba en los demás le habían otorgado una falsa sensación de intocabilidad.
Estaba acostumbrado a conseguir lo que quería.
Si alguien se oponía a él, lo intimidaba. Si alguien lo molestaba, lo humillaba. Y si alguien era demasiado débil para defenderse, se convertía en un blanco fácil para sus burlas.
Manoplas había sido una de sus víctimas favoritas.
Pero ahora todo había cambiado.
El omega había regresado con poderes que nadie comprendía y una personalidad completamente distinta. Lolo ya no podía controlarlo, y los antiguos compañeros que antes lo seguían comenzaban a cuestionar su comportamiento.
La estructura que había construido alrededor de su popularidad se estaba desmoronando.
Y esta vez no podía detenerlo.
El abandono de sus antiguos amigos
El primer frente en ceder fue su círculo más cercano.
Los pocos compañeros que todavía le guardaban cierta lealtad comenzaron a distanciarse. Las invitaciones para salir desaparecieron, los mensajes dejaron de llegar y los asientos que antes permanecían ocupados a su lado comenzaron a quedarse vacíos.
Al principio, Lolo intentó convencerse de que aquello no le importaba.
Se decía que no necesitaba a nadie y que podía continuar con su vida sin depender de aquellos que ahora le daban la espalda.
Sin embargo, cada pequeño gesto de rechazo le recordaba que había perdido algo que durante años había considerado suyo.
Una mañana, entró en clase y se dirigió hacia el lugar donde acostumbraba sentarse con sus amigos.
Uno de ellos apartó su mochila del asiento contiguo, pero no para dejarle espacio.
—Está ocupado —dijo sin mirarlo.
Lolo frunció el ceño.
—No veo a nadie sentado.
—Ya te he dicho que está ocupado.
El alfa comprendió que no querían que se sentara con ellos.
—¿Qué os pasa últimamente?
Uno de sus antiguos compañeros levantó la mirada.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Estamos cansados de tus problemas.
Lolo soltó una pequeña carcajada, intentando disimular la incomodidad.
—¿Mis problemas? ¿Ahora resulta que soy yo quien tiene problemas?
—Siempre has hecho lo que te ha dado la gana. Humillabas a los demás, los amenazabas y esperabas que todos nos riéramos contigo.
—Vosotros también participabais.
—Y no estamos orgullosos de ello.
Aquella respuesta lo dejó sin palabras.
—¿Entonces ahora vais a hacer como si no hubierais tenido nada que ver?
—No. Pero al menos algunos estamos intentando reconocer lo que hicimos.
Lolo bajó la mirada.
Su antiguo amigo suspiró.
—Ya no eres el mismo de antes, Lolo.
—¿Y qué esperas que haga?
—Quizá empezar por admitir la basura que fuiste con mucha gente.
El alfa no respondió.
Sabía que aquellas palabras eran duras, pero también sabía que contenían una verdad que llevaba demasiado tiempo evitando.
Se alejó de la mesa y buscó otro sitio donde sentarse.
Por primera vez, experimentó lo que significaba ser apartado por los demás.
El juicio del instituto
La situación empeoró cuando varios estudiantes decidieron dejar de guardar silencio.
Durante años, muchos habían presenciado las humillaciones de Lolo. Algunos habían participado en ellas, mientras que otros habían preferido mantenerse al margen por miedo a convertirse en sus siguientes víctimas.
Pero el regreso de Manoplas había alterado el ambiente del instituto.
Los alumnos comenzaron a hablar de lo ocurrido, recordando episodios que antes parecían olvidados. Poco a poco, varios se animaron a contar sus propias experiencias y a explicar lo que habían presenciado.
Finalmente, un grupo decidió acudir a la dirección.
Las primeras declaraciones revelaron que no se trataba de simples discusiones entre compañeros. Existía un patrón prolongado de hostigamiento, amenazas, humillaciones públicas y abuso de poder.
El nombre de Lolo aparecía constantemente.
También se mencionaba a Manoplas.
Los testimonios describían cómo el omega había sido acosado durante años, cómo había soportado burlas constantes y cómo Lolo había aprovechado su vulnerabilidad para seguir haciéndole daño.
Incluso salió a la luz la manipulación relacionada con su primo después de la muerte del repartidor de pizzas.
La dirección decidió abrir una investigación disciplinaria formal.
Cuando Lolo recibió la notificación, sintió que el estómago se le encogía.
No esperaba que las cosas llegaran tan lejos.
Había imaginado que los demás terminarían olvidando lo sucedido, como tantas otras veces. Pero ahora existían testimonios y personas dispuestas a explicar lo que habían presenciado.
Ya no podía esconderse detrás de su popularidad.
La verdad llega a su familia
La noticia llegó a casa poco después.
Aquella tarde, Lolo encontró a sus padres esperándolo en el salón. Sobre la mesa había varios documentos enviados por el instituto.
Uno de ellos estaba abierto.
—Siéntate —ordenó uno de sus progenitores.
Lolo obedeció lentamente.
—¿Qué está pasando?
—Eso mismo queremos preguntarte nosotros —respondió el adulto, señalando los documentos—. ¿Cómo es posible que te estén investigando por acoso?
El alfa permaneció callado.
—Aquí aparecen testimonios de varios estudiantes. Hablan de amenazas, humillaciones y manipulación. ¿Es cierto?