Saga - Lágrimas en silencio

4- La falsa esperanza

Capítulo 4. La manipulación de Lolo

La mentira detrás de una sonrisa.

El duelo por la pérdida de su primer amor había dejado a Manoplas al borde del abismo. Desde aquella tarde en la que recibió la noticia del accidente, su vida se había convertido en una sucesión de días grises, silencios interminables y noches en las que apenas conseguía dormir.

Las paredes de su habitación parecían estrecharse cada vez más. Allí guardaba las fotografías, los mensajes y los pequeños recuerdos del joven repartidor que había conseguido devolverle la sonrisa. No quería desprenderse de ellos. Aunque sabía que ya no volvería a recibir una respuesta, seguía abriendo aquella conversación casi todas las noches.

Su madre intentaba animarlo, pero Manoplas apenas tenía fuerzas para hablar. Había perdido las ganas de salir, de comer y de relacionarse con otras personas. La felicidad que había comenzado a descubrir se había desvanecido demasiado pronto.

Además, regresar al instituto significaba enfrentarse nuevamente a Lolo.

El alfa seguía siendo el mismo de siempre: popular, arrogante y cruel. Sus amigos continuaban acompañándolo por los pasillos, riéndose de sus bromas y siguiendo sus órdenes. Para ellos, Manoplas seguía siendo un omega débil al que podían humillar sin consecuencias.

Lolo no había mostrado ninguna compasión después de la muerte del repartidor. Al contrario, parecía disfrutar observando cómo el omega caminaba con la cabeza agachada y los ojos cansados.

Sin embargo, con el paso de los días, algo empezó a cambiar.

Las burlas de siempre ya no parecían suficientes para Lolo. Había descubierto que Manoplas estaba tan destrozado que apenas reaccionaba cuando lo insultaban. Ya no conseguía las mismas respuestas de miedo ni las lágrimas que antes le divertían.

El alfa quería encontrar una manera diferente de hacerlo sufrir.

Una que no consistiera solamente en empujarlo contra una taquilla o insultarlo delante de sus compañeros.

Necesitaba llegar a su corazón.

Y entonces encontró la oportunidad perfecta: su propio primo.

Una amistad inesperada

El primo de Lolo era bastante diferente a él.

Aunque ambos pertenecían a una familia conocida, sus personalidades no podían ser más distintas. Mientras Lolo disfrutaba llamando la atención y demostrando su superioridad, su primo prefería mantenerse alejado de los conflictos.

Era amable, tranquilo y tenía facilidad para escuchar a los demás. No soportaba las injusticias y mucho menos entendía por qué algunos alfas consideraban que tener una posición dominante les daba derecho a maltratar a los omegas.

Conocía el comportamiento de Lolo desde hacía años. Había discutido con él en numerosas ocasiones por su manera de tratar a los demás, pero nunca había conseguido que cambiara.

Una mañana, mientras caminaba por uno de los pasillos del instituto, vio a Manoplas sentado en un banco apartado.

El omega tenía la mirada perdida y sostenía un libro abierto sobre las piernas. Sin embargo, llevaba varios minutos mirando la misma página.

El primo de Lolo se acercó despacio.

—Hola.

Manoplas levantó la cabeza.

—Hola —respondió con poca energía.

—¿Puedo sentarme?

El omega miró el espacio vacío que tenía a su lado y después volvió a mirarlo.

—Sí, claro.

El joven se sentó, dejando una distancia prudente entre ambos.

Durante unos segundos ninguno habló.

Manoplas esperaba que aquel chico terminara haciendo alguna broma o preguntándole algo desagradable. Estaba acostumbrado a que las personas se acercaran a él por curiosidad, para reírse o para conseguir alguna reacción.

Pero no ocurrió nada de eso.

—¿Qué estás leyendo? —preguntó el primo.

—Un libro.

El joven sonrió.

—Eso ya lo veo.

Manoplas bajó la mirada, avergonzado.

—Perdona. No se me da muy bien hablar.

—No tienes que disculparte. A mí tampoco se me da especialmente bien.

Aquella respuesta consiguió sorprenderlo.

—¿De verdad?

—Claro. A veces no sé qué decir y termino hablando de cualquier tontería.

Manoplas dejó escapar una pequeña risa.

El primo lo miró con satisfacción, aunque procuró no hacer ningún comentario para no incomodarlo.

—Por cierto, soy el primo de Lolo.

La sonrisa de Manoplas desapareció inmediatamente.

Se quedó rígido y cerró un poco el libro.

—Ah…

El joven notó el cambio en su expresión.

—Ya sé que no es precisamente una buena presentación.

—No pasa nada.

—Quiero que sepas que no soy como él.

Manoplas no respondió.

No quería juzgarlo sin conocerlo, pero tampoco podía evitar desconfiar. Lolo le había hecho demasiado daño y cualquier persona relacionada con él le provocaba cierta inquietud.

—No tienes que confiar en mí —añadió el chico—. Solo quería saludarte.

Manoplas asintió lentamente.

Aquel encuentro terminó sin demasiadas palabras, pero dejó una pequeña impresión en el omega.

Por primera vez, alguien relacionado con Lolo se había acercado sin intención de burlarse de él.

Una confianza que empieza a crecer

Durante los días siguientes, el primo volvió a acercarse a Manoplas.

A veces lo saludaba por la mañana. Otras veces se sentaba con él durante el recreo o caminaba a su lado cuando terminaban las clases.

Nunca lo obligaba a hablar.

—No tienes que contarme nada si no quieres —le dijo una tarde, mientras ambos descansaban en los bancos traseros del patio—. Podemos hablar del clima, de música o simplemente quedarnos en silencio. Me da igual.

Manoplas lo miró de reojo.

—¿No te aburres estando conmigo?

—¿Por qué iba a aburrirme?

—No soy exactamente el alma de la fiesta.

—Yo tampoco.

—Pero tú tienes amigos.

—Tener amigos no significa que siempre tenga ganas de estar rodeado de gente.

Manoplas se quedó pensando.



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En el texto hay: drama, terror, omega verse

Editado: 07.11.2026

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